Durante una cumbre celebrada en su club de golf en Doral, Florida, el presidente estadounidense Donald Trump anunció el establecimiento de una alianza compuesta por 17 naciones americanas destinada a combatir los cárteles de narcotraficantes. Ante un grupo de mandatarios afines, Trump enfatizó su compromiso de utilizar “fuerza militar letal” para erradicar estas organizaciones delictivas, prometiendo que la intervención sería decisiva: “De una vez por todas, vamos a acabar con ellos”.
En su discurso, Trump criticó a líderes de la región por permitir que grandes territorios estuvieran bajo el control de pandillas transnacionales, y sugirió que, si fuera necesario, podrían utilizar misiles de precisión para eliminar a los líderes de los cárteles. Este encuentro se enmarca en su reimaginación de la Doctrina Monroe, buscando reforzar los intereses de Washington en el continente y contrarrestar la influencia de potencias como China.
El evento también resonó con la reciente operación militar llevada a cabo por Estados Unidos, que resultó en la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro, así como en la imposición de bloqueos al petróleo que se destina a Cuba. Entre los mandatarios presentes se encontraban Javier Milei de Argentina, Daniel Noboa de Ecuador, y Nayib Bukele de El Salvador, entre otros, quienes comparten la preocupación de Washington ante el auge del crimen organizado en sus países.
Irene Mia, experta del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, subraya que la creciente violencia ha permitido a las fuerzas políticas de derecha ganar terreno en elecciones recientes, reduciendo el rechazo al intervencionismo de Trump en una región históricamente marcada por tensiones con Estados Unidos. Países como Ecuador, bajo la presidencia de Noboa, han anunciado operaciones conjuntas con Estados Unidos para combatir el narcotráfico, transformando lo que era uno de los países más seguros de América Latina en uno de los más peligrosos en poco tiempo.
Sin embargo, esta coalición de gobiernos plantea preguntas sobre su alcance y sostenibilidad. Existen dudas sobre el verdadero apoyo de estos líderes en un contexto en el que varios, como el hondureño Nasry Asfura, dependieron de la aprobación de Trump en procesos electorales. A la vez que Milei logró un importante respaldo financiero de Estados Unidos mediante un intercambio de divisas.
La ausencia de México y Brasil en esta alianza —países clave en el tráfico de drogas— acentúa la fragilidad de la situación. Trump identificó a México como “el epicentro de la violencia de los cárteles”, señalando que estos grupos ejercen control significativo en la región. A pesar de la aparente buena relación entre estos gobiernos derechistas y la administración estadounidense, la cooperación podría verse amenazada por la historia de desconfianza mutua.
En resumen, mientras que la alianza de 17 países busca confrontar un fenómeno delictivo en rápida expansión, la cohesión y el apoyo a largo plazo entre estos gobiernos y Estados Unidos permanece en un delicado equilibrio. Según Mia, las políticas de Trump podrían tener que enfrentar un escrutinio crítico por parte de las poblaciones locales, un factor que podría repercutir en la estabilidad y efectividad de esta nueva coalición.
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