La crisis que atraviesa la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) es mucho más que un conflicto administrativo o un episodio aislado de inconformidad universitaria. Se trata de una situación que refleja tensiones acumuladas durante años en torno a la gobernanza universitaria, la transparencia institucional, la relación entre autoridades y comunidad estudiantil, y el papel que la universidad pública debe desempeñar en la vida política y social del estado; y que, como todos sabemos, fue detonado por la muerte de una estudiante universitaria y agravado por la muerte de otra.
Ayer, Día Internacional de la Mujer, fue aprovechado por diferentes grupos para anclar su protesta.
La toma de la rectoría, ocurrida recientemente en medio de un clima de creciente inconformidad, evidenció un problema que ya no podía mantenerse en el terreno de los rumores o de las discusiones internas. Cuando una comunidad universitaria llega al punto de ocupar instalaciones estratégicas, es señal de que los canales de diálogo institucional han fallado o han sido percibidos como insuficientes. La universidad, que debería ser un espacio de debate libre, plural y racional, se convierte entonces en un escenario de confrontación.
Pero la UAEM no es cualquier institución. Es la principal casa de estudio de Morelos, con miles de estudiantes, académicos e investigadores que diariamente sostienen el trabajo académico y científico del estado. Por ello, cualquier conflicto que paralice o debilite su funcionamiento tiene consecuencias que van más allá del campus, ya que afecta la formación de profesionales, la investigación, la vida cultural y el desarrollo regional.
En las últimas semanas, la situación se ha agravado por hechos que han añadido un componente de tensión y preocupación social. El hallazgo de dos cadáveres en medio de este contexto ha encendido aún más las alarmas y ha alimentado un clima de incertidumbre que no beneficia a nadie. La universidad no puede convertirse en un espacio donde predominen el miedo, la especulación o la politización extrema de los acontecimientos.
La falta de comunicación entre las autoridades universitarias y los estudiantes se ha ido deteriorando. La situación es por la falta de sensibilidad política de los que, supuestamente, cobran y tienen como obligación ser el enlace entre alumnos y autoridades universitarias, quienes han dividido en lugar de engarzar las actividades de las autoridades con la de los estudiantes.
En este escenario, lo primero que debe reconocerse es que ningún conflicto universitario se resuelve mediante la imposición. Ni las autoridades pueden gobernar ignorando el malestar de estudiantes y trabajadores, ni los grupos inconformes pueden sostener indefinidamente la parálisis institucional sin afectar a la propia comunidad que dicen representar. La solución, por lo tanto, pasa necesariamente por reconstruir los puentes del diálogo, que al parecer los directores universitarios hábiles ya empiezan a construir.
En el entendido que, hablar de diálogo no debe quedarse en una frase retórica. Para que exista un verdadero proceso de negociación es indispensable que haya condiciones mínimas de confianza y comunicación entre los dos grupos. Esto implica, en primer lugar, transparencia. Las autoridades universitarias tienen la obligación de explicar con claridad las decisiones que han generado inconformidad, abrir la información necesaria y permitir que la comunidad conozca cómo se toman las decisiones dentro de la institución.
En segundo lugar, es necesario que los grupos que encabezan las protestas definan con precisión sus demandas y, sobre todo con toda responsabilidad, desechen a los que de fuera tratan de sacar provecho como los actores ajenos a la universidad, que sabemos que están participando.
Muchas movilizaciones universitarias comienzan con un conjunto amplio de inconformidades, pero si no se estructuran en un pliego petitorio claro, con objetivos concretos y mecanismos de solución, el conflicto corre el riesgo de diluirse en acusaciones mutuas sin salida; así no se construye la propuesta de modificar la ley universitaria para elegir al próximo rector.
Es necesario un elemento fundamental, que es la participación de instancias de mediación; se necesita alguien con sensibilidad y conocimiento que sepa leer el conflicto y que separa la universidad del gobierno, que es una queja de los universitarios.
La historia de los conflictos universitarios en México demuestra que, cuando la polarización alcanza niveles altos, la intervención de mediadores puede ayudar a reconstruir la confianza. Estos mediadores pueden provenir de organismos de derechos humanos, de la comunidad académica nacional o incluso de figuras respetadas dentro de la propia universidad, no con los programas de gobierno.
Quizá el punto más importante es recordar que la UAEM pertenece a su comunidad, no a grupos políticos, intereses externos o coyunturas momentáneas. La universidad pública es, por definición, un espacio de pensamiento crítico, pero también de responsabilidad colectiva. Defenderla implica evitar que los conflictos internos terminen dañando su misión fundamental, es educar, investigar y servir a la sociedad.
La salida al conflicto, por lo tanto, no llegará de un día para otro ni mediante declaraciones incendiarias o promesas en las que nadie confía. Requerirá voluntad política, madurez institucional y, sobre todo, la convicción de que ninguna diferencia justifica poner en riesgo el futuro de miles de estudiantes.
Los hechos del día de ayer son recurrentes cada año y no deben mezclarse con el conflicto. Hoy más que nunca, la comunidad universitaria debe recordar que la fortaleza de la universidad radica en su capacidad de debatir sin destruirse, de disentir sin fracturarse y de resolver sus conflictos mediante la razón y el diálogo.
La UAEM ha superado otras crisis a lo largo de su historia. Ésta no tendría por qué ser la excepción. Pero, para lograrlo, será necesario que todos los actores involucrados entiendan que, por encima de cualquier interés particular o de gobierno, está el prestigio y el futuro de la universidad pública de Morelos. Somos venados, juntos podemos salir adelante. ¿No cree usted?

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Excelente análisis Licenciado Lavín.