En el desafiante mundo de la política energética de México, el dilema del fracking se sitúa en el centro del debate. La administración de la doctora Claudia Sheinbaum se encuentra ante una encrucijada crítica: ¿priorizar la extracción de gas natural a través de técnicas controvertidas o buscar alternativas sostenibles? Este país ostenta una considerable reserva de 141,000 millones de pies cúbicos de gas, un recurso subterráneo que invita a la explotación, especialmente en un contexto donde importamos el 75% del gas utilizado para la generación de electricidad, principalmente de Estados Unidos.
En respuesta a esta inquietud, el gobierno federal ha convocado a un comité científico con la misión de evaluar las implicaciones del fracking. El dilema es profundo, pues este método no solo promete un alivio a la dependencia energética, sino que plantea serios desafíos ambientales. Los expertos se debaten entre la necesidad de gas y la urgente protección del agua, sobre todo en regiones como Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, donde la escasez hídrica es alarmante.
La explotación de un solo pozo puede requerir hasta 100 millones de litros de agua, equivalentes a aproximadamente 4,000 pipas. Esta cifra es especialmente preocupante en un país donde las infraestructuras de agua ya enfrentan serios desafíos, como la pérdida de recursos por ruptura de tuberías, que se traduce en un enorme desperdicio.
El temor a sacrificar el agua, vital para la vida en todas sus formas, resuena con fuerza frente a la necesidad de gas para la industria eléctrica. Ramsés Pech, un reconocido experto en el área, menciona que, aunque las nuevas tecnologías permiten un ahorro y reutilización del agua del 60%, los efectos negativos del fracking sobre el medio ambiente son preocupantes, impactando tanto la calidad del aire como la estabilidad geológica.
Esto lleva a la pregunta crucial: ¿por qué no explorar fuentes de energía renovable? México dispone de abundantes recursos naturales, como el sol, que brilla generosamente en muchas regiones del país. La generación de energía solar, un recurso limpio y accesible, podría ser una solución viable y sostenible. Sin embargo, la historia ha estado marcada por promesas incumplidas; recordemos la planta de energía solar en San Luis de la Paz, inaugurada durante el sexenio de Luis Echeverría, que ha caído en el olvido.
Además, el flujo constante de viento en el Istmo y el poder del mar a lo largo de nuestras costas presentan oportunidades inexploradas para generar energía limpia. Sin embargo, la escasa voluntad política y la falta de acción concreta parecen ser las verdaderas limitaciones, más que la disponibilidad de recursos.
A medida que miramos hacia el futuro, la necesidad de un enfoque sostenible se vuelve imperativa. La discusión sobre el fracking y sus impactos debería ser una llamada de atención sobre la urgencia de implementar tecnologías limpias que permitan a México avanzar hacia un modelo energético renovado. Abrir nuevas vías basadas en el sol, el viento y el mar podría no solo garantizar la seguridad energética del país, sino también preservar sus recursos vitales para las generaciones futuras. La cuestión no es si hay recursos, sino cómo decidir usarlos de manera responsable.
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