En un mundo marcado por la polarización, las guerras y la desinformación, los museos se encuentran en una encrucijada crucial: ¿cómo recuperar su rol como espacios de reunión y diálogo? Este lunes 18 de mayo, en conmemoración del Día Internacional de los Museos, se hace evidente la relevancia de esta cuestión. Desde 1977, el International Council of Museums (ICOM) ha promovido esta fecha y el lema de este año, “Museos uniendo un mundo dividido”, resuena con fuerza en un contexto global en constante fractura.
En su llamado urgente, el ICOM denuncia los graves daños al patrimonio cultural en lugares como Irán, Palestina, Israel, Sudán, Líbano y Ucrania, donde los conflictos armados han dejado cicatrices visibles y profundas. La organización enfatiza que el daño va más allá de la pérdida física de sitios y objetos; se trata de fracturas en la memoria colectiva y en la capacidad de diálogo entre sociedades. En este sentido, los museos deben ser vistos como puentes culturales y sociales, activos en la construcción de comunidades.
El desafío no es abstracto: la realidad exige una reflexión activa sobre la función de estas instituciones en una nueva era. La pandemia aceleró procesos de transformación en muchos museos, que buscan evolucionar en la forma en que se comunican y se relacionan con su público. En México, el Museo Franz Mayer es un ejemplo notable. Ante una crisis de audiencias que lo mantenía en un promedio de 80 mil visitantes anuales hace tres años, actualmente ha crecido hasta cerca de 400 mil, lo que apunta a un cambio generacional en su demografía visitante. Así lo indica su directora, Giovana Jaspersen.
El enfoque del Franz Mayer ha sido redefinir cómo se comunica, adaptando su programación y utilizando análisis de datos para responder a los intereses y hábitos de un público cada vez más diverso. La programación ha pasado de centrarse en la adquisición de nuevos objetos a activar su colección existente y establecer colaboraciones con otros museos internacionales, permitiendo así el flujo de objetos y exposiciones. Este cambio de enfoque ha llevado a la institución a ser más relevante y atractiva, ofreciendo exposiciones que abordan tanto temas populares como especializados, desde diseño hasta fotografía.
La historia del arte ha estado tradicionalmente ligada a grandes colecciones, pero la lógica actual se está reconfigurando. Se cuestiona la validez de mantener grandes acervos cuando muchos objetos permanecen almacenados en lugar de ser exhibidos. El Franz Mayer, de hecho, utiliza solo un siete por ciento de su colección en exhibición. Esto ha llevado a un debate ético sobre el origen de muchas colecciones históricas y la forma en que los museos piensan su relación con los objetos. La legitimidad institucional está desplazándose hacia la capacidad de generar narrativas críticas, experiencias valiosas y espacios para el encuentro público.
Además, los museos se enfrentan al reto de adaptarse a las tecnologías emergentes y las redes sociales. Para Jaspersen, estas herramientas no son amenazas, sino parte del mismo ecosistema que históricamente ha acompañado a la instituciones culturales. Las redes sociales, al igual que los museos, distribuyen relatos; son vehículos de conexión humana. En medio de la incertidumbre, el papel de los museos como espacios físicos de certeza y encuentro se vuelve fundamental.
Así, mientras el ICOM aboga por unir un mundo dividido, los museos en todo el globo buscan responder a una pregunta crítica: ¿cómo continuar siendo espacios de encuentro en épocas de fragmentación? Este desafío no solo afecta el futuro de las instituciones, sino que tiene implicaciones profundas para la sociedad, el patrimonio cultural y el diálogo intercomunitario.
Lo que está en juego es mucho más que exposiciones y objetos; es la memoria colectiva y la capacidad de compartir historias en tiempos en que estas se vuelven cada vez más escasas.
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