La pitaya, también conocida como fruta del dragón, es un fruto emblemático de un cactus nativo de México, que se encuentra en diversas zonas áridas del país. Este cactus, que puede alcanzar una altura considerable, se presenta en 23 especies, la mayoría de ellas endémicas, lo que resalta su importancia en los ecosistemas locales.
Su fruto, caracterizado por su pulpa jugosa y colorida —que va del rojo al amarillo—, está protegida por una cáscara espinosa. Esta característica notoria no solo cumple la función de prevenir que los animales consuman la fruta antes de su madurez, sino que, una vez que el fruto está listo para ser recolectado, las espinas caen con facilidad, permitiendo que aves y pequeños mamíferos accedan a él y contribuyan a la dispersión de sus semillas. Además, las espinas protegen a la pitaya de la intensa radiación solar y ayudan en la retención de agua en estos ecosistemas desérticos.
Históricamente, la pitaya ha sido un alimento crucial para las comunidades indígenas que habitan en el norte de México. Los grupos nómadas dependían de ella no solo en su forma fresca, sino también de las semillas, que recuperaban tras su digestión. Este método ha sido denominado la “segunda cosecha” por estudiosos de estas comunidades. Durante los períodos de sequía extrema, cuando la caza y la recolección no garantizaban alimento, se recogían las heces, separaban las semillas y, tras limpiarlas, las tostaban y molían, creando una harina que consumían como pinole.
Este legado ancestral se manifiesta en la actualidad a través de la gastronomía, donde las pitayas son consideradas un manjar exótico, servidas en restaurantes gourmet tanto en México como en el extranjero.
La historia personal de quienes han crecido en el desierto está profundamente entrelazada con este fruto. Para muchos, las pitayas evocan recuerdos entrañables de la infancia, como las jornadas de recolección que se realizaban al amanecer para evitar el sol abrasador. Esta recolección, que se hacía con herramientas artesanales, era un ritual familiar que culminaba en desayunos con pitayas frescas.
Incluso tras los años, el gusto por esta fruta perdura en la memoria colectiva, destacando su valor cultural y nutricional. En ciudades como Hermosillo, las pitayas se adquieren en las esquinas, lo que refleja la continuidad de tradiciones pasadas en la vida moderna.
Esta conexión entre el pasado y el presente, marcada por el aprecio por la pitaya, es un testimonio de la resiliencia y la diversidad del patrimonio indígena de México, que se mantiene vivo a través de prácticas que, aunque pueden cambiar con el tiempo, siguen arraigadas en la identidad de quienes habitan el desierto.
(Actualización: datos correspondientes al 2026-05-24 23:18:00.)
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