En el corazón de la industria del rosa en Marruecos, encontramos historias de empoderamiento y comunidad que trascienden generaciones. Temaghrite es uno de los rostros de esta tradición, eligiendo permanecer en un sector que no solo representa una fuente de ingresos, sino que también nutre el sentido de pertenencia. “Continúo porque es parte de quiénes somos”, comparte. El ambiente colaborativo se siente en el aire: “Trabajamos hombro a hombro, hablando, a veces cantando. Aunque todos tenemos nuestra fila, nos ayudamos mutuamente. Es más un esfuerzo grupal que un trabajo individual”.
El aspecto financiero es crucial. “La temporada de cosecha nos brinda dinero que nos ayuda durante meses”, explica Temaghrite. A su lado, Mariam Tarhalt, una joven de 27 años que se adentró en esta labor a los 18, comparte su experiencia: “Empecé para apoyar económicamente a mi familia. Los ingresos que obtengo me permiten sentir independencia financiera. Ahorro una parte y uso el resto para las necesidades del hogar”. Sin embargo, no todo es simple. “Algunas temporadas son más débiles que otras, y los precios pueden fluctuar dependiendo de la demanda”, lamenta Tarhalt.
Desde el inicio del siglo XXI, esfuerzos para diversificar el mercado han surgido ante la necesidad de lidiar con salarios bajos y fluctuantes. Tradicionalmente, las rosas se vendían a intermediarios o fábricas. Hoy en día, cooperativas locales y negocios independientes ofrecen nuevas oportunidades, especialmente para las mujeres que históricamente han enfrentado exclusión económica y social. “Desde 2008, con el apoyo del ‘Plan Maroc Vert’, se han establecido muchas cooperativas en la región de Kelâat M’gouna”, explica Mohamdi. Estas instalaciones no solo representan oportunidades económicas, sino que fomentan una mayor equidad.
En estas cooperativas, las mujeres tienen la oportunidad de procesar y destilar las rosas en productos propios y compartir las ganancias equitativamente. “Tenemos más control y ganamos de manera más justa”, afirma Temaghrite. Además, hay un enriquecimiento cultural, ya que las cooperativas permiten a muchas mujeres salir por primera vez de sus aldeas para presentar su herencia en ferias agrícolas nacionales e internacionales. “Gracias a las cooperativas, muchas dejan su pueblo por primera vez en la vida”, añade Mohamdi, resaltando el impacto transformador en la vida de estas trabajadoras.
Así, estas mujeres no solo cosechan rosas, sino también esperanzas y nuevas oportunidades, tejiendo un futuro más brillante en un sector que, a pesar de sus desafíos, se reinventa constantemente.
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