VIVENCIAS CIUDADANAS – MORELOS: UNA GOBERNADORA TRABAJANDO SOLA

Por Teodoro Lavín León

Ame­nos de un año del ini­cio for­mal del pro­ceso elec­to­ral que cul­mi­nará en 2027, More­los enfrenta una de las eta­pas polí­ti­cas más com­ple­jas de los últi­mos años. La lla­mada Ope­ra­ción Enjam­bre, que ha deri­vado en inves­ti­ga­cio­nes, deten­cio­nes y seña­la­mien­tos con­tra fun­cio­na­rios muni­ci­pa­les, dejó des­ca­be­za­dos a varios ayun­ta­mien­tos y abrió una pro­funda dis­cu­sión sobre los nive­les de infil­tra­ción de la delin­cuen­cia orga­ni­zada en algu­nas estruc­tu­ras de gobierno.

El resul­tado inme­diato ha sido una cre­ciente incer­ti­dum­bre polí­tica. Los par­ti­dos polí­ti­cos, lejos de con­cen­trarse en la cons­truc­ción de pro­pues­tas para res­pon­der a los pro­ble­mas de la ciu­da­da­nía, pare­cen más preo­cu­pa­dos por las dis­pu­tas inter­nas, los aco­mo­dos de gru­pos y la defi­ni­ción anti­ci­pada de can­di­da­tu­ras. Las dife­ren­cias entre corrien­tes y lide­raz­gos se hacen cada vez más evi­den­tes, mien­tras la pobla­ción observa con preo­cu­pa­ción un esce­na­rio que parece ale­jarse de las nece­si­da­des rea­les del estado.

En medio de este pano­rama des­taca una figura que, guste o no, man­tiene una intensa acti­vi­dad pública. La gober­na­dora reco­rre dia­ria­mente muni­ci­pios, inau­gura obras, super­visa pro­gra­mas socia­les y enca­beza reu­nio­nes de tra­bajo prác­ti­ca­mente todos los días. Nadie puede afir­mar seria­mente que se trata de una man­da­ta­ria ausente. Por el con­tra­rio, su agenda pública es una de las más acti­vas que ha tenido un gober­na­dor more­lense en los últi­mos años. Sin embargo, existe una per­cep­ción que comienza a exten­derse entre amplios sec­to­res de la socie­dad, la de una gober­na­dora que tra­baja prác­ti­ca­mente sola.

El pro­blema no parece estar en la falta de acti­vi­dad de la titu­lar del Eje­cu­tivo, sino en la ausen­cia de un equipo capaz de res­pal­dar y con­so­li­dar el tra­bajo rea­li­zado. Con fre­cuen­cia ocu­rre que una obra es inau­gu­rada, un pro­grama es anun­ciado o una acción guber­na­men­tal es pre­sen­tada con entu­siasmo, pero una vez que con­cluye el evento ofi­cial, el segui­miento desa­pa­rece. Los fun­cio­na­rios res­pon­sa­bles no man­tie­nen el ritmo de tra­bajo, la super­vi­sión dis­mi­nuye y, poco a poco, los bene­fi­cios espe­ra­dos ter­mi­nan dilu­yén­dose. Esto pro­voca que muchos esfuer­zos guber­na­men­ta­les pier­dan impacto. La ciu­da­da­nía observa inau­gu­ra­cio­nes y anun­cios, pero des­pués encuen­tra obras incon­clu­sas, ser­vi­cios defi­cien­tes o com­pro­mi­sos que no avan­zan al ritmo pro­me­tido. En con­se­cuen­cia, la per­cep­ción pública se dete­riora y el des­gaste polí­tico recae prin­ci­pal­mente sobre la figura de la gober­na­dora, aun­que la res­pon­sa­bi­li­dad de eje­cu­tar y dar con­ti­nui­dad a las accio­nes corres­ponde tam­bién a secre­ta­rios, direc­to­res, coor­di­na­do­res y fun­cio­na­rios de dis­tin­tos nive­les.

La admi­nis­tra­ción esta­tal enfrenta ade­más el desa­fío más impor­tante para cual­quier gobierno, el de la segu­ri­dad pública. A pesar de los esfuer­zos rea­li­za­dos, de los cam­bios en las estra­te­gias y de la coor­di­na­ción con fuer­zas fede­ra­les, los resul­ta­dos aún no logran tra­du­cirse en una sen­sa­ción de tran­qui­li­dad para la pobla­ción. Los homi­ci­dios con­ti­núan ocu­pando espa­cios en los medios de comu­ni­ca­ción prác­ti­ca­mente todos los días. Los hechos vio­len­tos siguen apa­re­ciendo en diver­sas regio­nes del estado y la per­cep­ción de inse­gu­ri­dad per­ma­nece ele­vada.

Es cierto que la vio­len­cia y la pre­sen­cia de gru­pos cri­mi­na­les no son fenó­me­nos recien­tes. Se trata de pro­ble­mas acu­mu­la­dos durante muchos años y here­da­dos por dis­tin­tas admi­nis­tra­cio­nes. Sin embargo, para los ciu­da­da­nos esa expli­ca­ción resulta insu­fi­ciente cuando los deli­tos con­ti­núan afec­tando su vida coti­diana.

La gente quiere resul­ta­dos. Quiere poder salir a tra­ba­jar, lle­var a sus hijos a la escuela y tran­si­tar por las calles sin temor. Quiere ver que las ins­ti­tu­cio­nes recu­pe­ran el con­trol de los terri­to­rios y que quie­nes come­ten deli­tos enfren­tan con­se­cuen­cias rea­les.

Hoy la prin­ci­pal preo­cu­pa­ción de los more­len­ses sigue siendo la inse­gu­ri­dad. Por encima de las dis­pu­tas par­ti­dis­tas, de los posi­cio­na­mien­tos elec­to­ra­les y de las estra­te­gias de comu­ni­ca­ción, la demanda ciu­da­dana se con­cen­tra en recu­pe­rar la paz y el orden.

More­los atra­viesa un momento deci­sivo. Los muni­ci­pios enfren­tan cri­sis polí­ti­cas, los par­ti­dos viven con­fron­ta­cio­nes inter­nas y el gobierno esta­tal debe res­pon­der simul­tá­nea­mente a pro­ble­mas finan­cie­ros, socia­les y de segu­ri­dad. En ese con­texto, la ima­gen de una gober­na­dora tra­ba­jando sin el res­paldo sufi­ciente de parte de algu­nos inte­gran­tes de su equipo no con­tri­buye a for­ta­le­cer la con­fianza ciu­da­dana.

La solu­ción requiere algo más que actos públi­cos y dis­cur­sos. Se nece­sita un gabi­nete com­pro­me­tido, fun­cio­na­rios que asu­man res­pon­sa­bi­li­da­des y una estruc­tura guber­na­men­tal que acom­pañe con efi­ca­cia el tra­bajo de quien enca­beza la admi­nis­tra­ción esta­tal por­que, cuando un gobierno parece depen­der úni­ca­mente de una per­sona, el pro­blema no es la falta de lide­razgo. La per­cep­ción ciu­da­dana es la ausen­cia de un equipo capaz de estar a la altura de las cir­cuns­tan­cias que exige More­los.

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