El dibujante japonés Susumu Higa ha encontrado en el arte una poderosa forma de compromiso social, un deseo que nació en su adolescencia al descubrir el célebre Guernica de Picasso, una obra que retrata el horror del bombardeo sobre civiles. Desde su hogar en Naha, la capital de Okinawa, Higa comparte que ese momento fue como “si alguien hubiera encendido una luz” en su vida. Sin embargo, su naturaleza reservada lo lleva a evitar el uso de teléfonos móviles o correos electrónicos, haciendo necesario visitarlo en persona para conversar.
Recientemente, Higa ha publicado Okinawa, el viento habla, una novela gráfica que compila seis relatos que exploran las penurias que enfrentaron los civiles y soldados tras la Segunda Guerra Mundial. Esta obra, que ganó el Gran Premio del Manga en 2003, refleja la complejidad y la ambigüedad moral de los eventos vividos en su tierra natal, una región aún marcada por su pasado militar. Okinawa alberga actualmente el 70% de las bases militares estadounidenses en Japón, a pesar de representar solo el 0,6% del territorio nacional.
Higa es un autodidacta que se distancia de convenciones del manga tradicional, prefiriendo un estilo más similar al cine. “Apenas leo manga”, dice, enfatizando su admiración por cineastas clásicos como Akira Kurosawa, Yasujiro Ozu y Kenji Mizoguchi. Aunque comenzó su carrera artística a los 30 años, después de haber trabajado en la administración pública, su interés por articular visualmente la historia de Okinawa siempre ha sido un impulsor importante.
El primer relato de su nueva obra, Kajimunugatai o El viento habla, narra cómo tres soldados estadounidenses, un año después del final de la guerra, perpetúan violaciones en una aldea de Okinawa. La comunidad decide hacer justicia por su propia mano, un reflejo sombrío de la realidad que vivieron durante y después del conflicto. A través de sus páginas, Higa no solo documenta la experiencia bélica, sino también los traumas persistentes que siguen afectando a la región. Testimonios de suicidios forzados y civiles usados como escudos humanos se entrelazan con recuerdos de bastiones de hambre y sufrimiento.
A medida que las obras de Higa han sido traducidas a ocho idiomas, su impacto se compara con el de Gen de los pies descalzos, el manga que retrata las secuelas de Hiroshima. A diferencia de las ciudades que han logrado ser monumentos de paz, como Hiroshima y Nagasaki, Okinawa sigue enfrentando desafíos, desde su economía menos desarrollada hasta problemas de asalto sexual que persisten.
A lo largo de su vida, Higa ha sido testigo del legado de la ocupación estadounidense, que dejó una huella indeleble en su hogar. La lucha por la soberanía y la oposición a la militarización siguen siendo centrales en el discurso cultural y social de Okinawa. Con el paso de los años, Higa ha reflexionado sobre cómo la historia reciente influye en las tensiones geopolíticas actuales, particularmente en un contexto donde Japón busca fortalecer su defensa ante la creciente amenaza china.
La pluma de Higa no solo narra historias de dolor y resistencia, sino que también desafía a la sociedad a reflexionar sobre su pasado y sus lecciones. Al celebrar su 73 cumpleaños, considera su reciente publicación como un “testamento”, mientras continúa observando los cielos de Okinawa y pensando en sus propios deseos de paz y concordia en un mundo marcado por la incertidumbre y el conflicto. Su vida y obra son un llamado a mirar más allá de las divisiones geográficas y a encontrar un camino hacia la empatía y la comprensión mutua.
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