En el verano de 1959, dos toreros emblemáticos de España, Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín, se enfrentaron no solo en el ruedo, sino también en una compleja relación familiar, pues eran cuñados. Esta rivalidad, impulsada por la prestigiosa casa Dominguín, alcanzó su clímax en varias de las plazas más renombradas del país. Para darle un toque literario a este duelo, la revista estadounidense Life encargó a Ernest Hemingway, entonces Premio Nobel de Literatura, un reportaje que dio vida a su famoso libro El verano peligroso.
Carlos Abella, un reconocido historiador taurino y biógrafo, se ha adentrado en esta fascinante etapa de la tauromaquia española. En su obra más reciente, El verano sangriento de Hemingway, analiza el impacto de esta rivalidad entre dos figuras icónicas y cómo Hemingway se relacionó con ellas. Abella no solo profundiza en las hazañas de los toreros, sino también en la deteriorada salud mental del autor, que culminaría trágicamente en su suicidio dos años después.
La amistad entre Hemingway y Ordóñez, que se remonta a los años 30 con el padre del torero, es notable. En una corrección que quedó en la memoria de Hemingway, Ordóñez se preguntó: “¿Soy tan bueno como mi padre?” a lo que Hemingway respondió: “Eres mucho mejor que tu padre”. Este momento marcó el inicio de una conexión entre el literato y el torero, que transitaría por un océano de admiración mutua.
¿Pero quién era realmente Ernest Hemingway? Un hombre de aventuras, riesgos y pasión. Desde su experiencia como periodista en la Guerra Civil Española hasta ser testigo del desembarco de Normandía, su vida fue un constante vaivén de emociones. Era también un aficionado a la pesca y un amante del peligro que representaban los ruedos. Para Hemingway, la literatura era el resultado de asumir riesgos.
Su afición no era solo un mero pasatiempo. Aunque sus opiniones eran controvertidas —llegando a despreciar a otros toreros, incluso a Manolete—, su predilección por Ordóñez era evidente. Hemingway veía en el estilo de Ordóñez la pureza del toreo, mientras que Dominguín, con sus adornos y técnicas más provocativas, no lograba cautivar su atención de la misma manera.
El verano de 1959 también fue testigo de una peligrosa lucha en la arena. Ordóñez, más joven y talentoso, superaba a Dominguín en varias ocasiones, aunque ambos sufrieron gravísimos percances que dejaron una marca imborrable en sus carreras. La rivalidad, lejos de ser un simple montaje, era genuina, alimentada por el deseo de competir y sobresalir, así como por los lazos familiares que unían a ambos toreros.
Así, la figura de Hemingway se convierte en puente entre la tauromaquia y la literatura, dándole una proyección internacional sin precedentes. Su influencia no se limitó al mundo literario, sino que también extendió el renombre de tradiciones como los Sanfermines, convirtiéndolos en un símbolo de libertad que atrae cada año a miles de jóvenes de todo el mundo, muchos de los cuales participan en la famosa carrera de encierro sin ser verdaderos conocedores de la fiesta.
En conclusión, la relación entre estos íconos de la cultura española durante el verano de 1959 es, más que un relato de duelo, una historia plagada de correlaciones humanas, pasiones y desafíos. Hemingway, a través del toreo, dejó una huella imborrable que, a pesar de las críticas y controversias, sigue resonando en la memoria colectiva. La historia de este verano y sus protagonistas destaca su complejidad, ofreciéndonos una visión fascinante de una época en la que el arte, la vida y la muerte convergieron bajo el sol ardiente de España.
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