En las carreteras semiabandonadas de Mallorca, un ciclista se desliza con libertad mientras sus compatriotas lo siguen en un emocionante descenso. Diego Poncelet, un joven talento del skate, lleva años desafiando las normas de este deporte con la ayuda de su mentor, Joan Llull. A sus 68 años, Llull, quien vive en un monasterio budista en Francia, ha logrado combinar su pasión por el Zen con el acompañamiento de Poncelet en competiciones.
La ruta que transitan no solo es un camino físico; es un viaje interno lleno de aprendizajes y desafíos. Llull, un “abridor” que rompió con las convenciones de su edad, ha sido un apoyo fundamental en la carrera de Poncelet. Este encuentro fortuito con el skate en la Sierra de la Tramuntana hace años cambió su vida y la de muchos otros jóvenes que se unieron a este mundo.
Desde que conoció a Diego, quien se sumó al grupo de skaters cuando apenas era un niño, Llull ha sido testigo del crecimiento tanto personal como técnico del joven. “Su voluntad para la excelencia marca la diferencia”, afirma Llull, refiriéndose al compromiso y la búsqueda de perfección de Poncelet, que se traduce también en la calidad de los vídeos que produce.
A medida que se desarrollaba su relación, Diego llamó a Joan “un perro verde”, contrastando su carácter auténtico con su propia ambición competitiva. Esta amistad, que trasciende la diferencia de edad, ha permitido a Poncelet encontrar no solo un mentor, sino una fuente de inspiración que le ha guiado durante su trayectoria hacia el campeonato del mundo, un recorrido que ha tomado cinco años.
El camino hacia el éxito es comparado con el viaje a Ítaca, un poema de Konstantino Kavafis que Joan ha compartido con Diego. Esta obra habla de la importancia de disfrutar cada etapa del trayecto, llena de aventuras y experiencias. “No temas a los lestrigones ni a los cíclopes, seres tales jamás hallarás en tu camino”, recita Joan, sugiriendo que la actitud y la mentalidad son claves para enfrentar los desafíos.
La conexión entre ambos también se manifiesta en la práctica de la “meditación en movimiento”. Llull explica que en el momento de la competencia, la mente de Diego debe estar libre de pensamientos para poder reaccionar a la velocidad que requiere el descenso. Es un estado de concentración plena, donde la carretera y cada piedra en el camino son lo único que importa. “Antes de tirarse puede estudiar bien la pista, pero, a esa velocidad, es automático”, concluye.
A medida que Poncelet y Llull continúan su viaje, ambos descubren que la verdadera esencia se encuentra no solo en los trofeos, sino en cada momento compartido en las carreteras de Mallorca, recordando que el verdadero valor de la competencia radica en el crecimiento y la amistad que florece en el camino.
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