A LA ORILLA DEL ABISMO

Por Teodoro Lavín León

La sen­sa­ción de des­con­cierto que vive hoy More­los no es pro­ducto de la casua­li­dad ni de la exa­ge­ra­ción mediá­tica. Es el resul­tado de años de desor­den ins­ti­tu­cio­nal, impro­vi­sa­ción polí­tica y gobier­nos inca­pa­ces de cons­truir auto­ri­dad real. La enti­dad parece cami­nar sin rumbo mien­tras la inse­gu­ri­dad avanza, los ciu­da­da­nos pier­den con­fianza y la clase polí­tica con­ti­núa atra­pada en espec­tá­cu­los que poco ayu­dan a resol­ver los pro­ble­mas de fondo.

En medio de este ambiente enra­re­cido, la muerte de jóve­nes deri­vada del desor­den urbano y de la inca­pa­ci­dad de las auto­ri­da­des para actuar con rapi­dez y efi­ca­cia vol­vió a encen­der la indig­na­ción social. Cada tra­ge­dia exhibe el mismo patrón: con­fu­sión ofi­cial, inves­ti­ga­cio­nes len­tas, decla­ra­cio­nes ambi­guas y una per­cep­ción cre­ciente de que nadie tiene el con­trol. La auto­ri­dad se encap­sula, se pro­tege detrás de comu­ni­ca­dos y con­fe­ren­cias, pero evita res­pon­der con cla­ri­dad lo que la socie­dad exige saber.

La ciu­da­da­nía observa con deses­pe­ra­ción cómo la inse­gu­ri­dad con­ti­núa cre­ciendo, mien­tras el gobierno parece para­li­zado. El pro­blema no es sola­mente el cri­men orga­ni­zado o la vio­len­cia visi­ble en las calles; el ver­da­dero pro­blema es la ausen­cia de auto­ri­dad. Cuando un gobierno trans­mite debi­li­dad, cuando los muni­ci­pios viven cri­sis inter­nas, cuando alcal­des son cues­tio­na­dos, remo­vi­dos o seña­la­dos, y cuando fun­cio­na­rios públi­cos apa­re­cen cons­tan­te­mente bajo sos­pe­cha, el men­saje devas­ta­dor hacia la socie­dad es que nadie manda real­mente.

Y, en medio de esta cri­sis, apa­re­cen esce­nas que pare­cen saca­das de una mala come­dia polí­tica. Mien­tras la gente vive con miedo, mien­tras las fami­lias no saben si sus hijos regre­sa­rán segu­ros a casa, mien­tras comer­cian­tes y ciu­da­da­nos enfren­tan robos, extor­sio­nes y vio­len­cia coti­diana, vemos a un dipu­tado y ex gober­na­dor con­ver­tido en pro­ta­go­nista de espec­tá­cu­los de lucha libre, jugando al entre­te­ni­miento polí­tico y haciendo el ridí­culo frente a una socie­dad que espera serie­dad y res­pon­sa­bi­li­dad, y que es resul­tado de la pro­tec­cion del gobierno de México.

La polí­tica en More­los parece haberse con­ver­tido en un enorme dis­trac­tor. En lugar de dis­cu­tir estra­te­gias rea­les de segu­ri­dad, pro­gra­mas de desa­rro­llo eco­nó­mico o solu­cio­nes urba­nas, muchos acto­res públi­cos pre­fie­ren las cáma­ras, las redes socia­les y el espec­tá­culo. El pro­blema es que la rea­li­dad no admite simu­la­cio­nes. La gente nece­sita resul­ta­dos, no ocu­rren­cias.

No se obser­van pro­gra­mas sóli­dos que den espe­ranza ni accio­nes con­tun­den­tes capa­ces de devol­ver con­fianza. Las cifras ofi­cia­les poco sig­ni­fi­can cuando la per­cep­ción ciu­da­dana es com­ple­ta­mente dis­tinta. El ciu­da­dano común vive la rea­li­dad del miedo a salir de noche, preo­cu­pa­ción por sus hijos, enojo por el trán­sito desor­de­nado, impo­ten­cia ante la corrup­ción y des­con­fianza abso­luta hacia muchas auto­ri­da­des.

More­los atra­viesa un momento deli­cado por­que la cri­sis ya no es sola­mente de segu­ri­dad; es una cri­sis de gober­na­bi­li­dad. Y cuando un lugar entra en esa diná­mica, las con­se­cuen­cias ter­mi­nan gol­peando todos los sec­to­res. Se afecta la inver­sión, cae el turismo, se dete­riora la con­vi­ven­cia social y crece el enojo colec­tivo. La sen­sa­ción de aban­dono comienza enton­ces a domi­nar el ánimo social.

Quizá lo más preo­cu­pante es el silen­cio alre­de­dor de los ver­da­de­ros pro­ble­mas. Muchos acto­res pare­cen más con­cen­tra­dos en el pro­ceso elec­to­ral que viene que en resol­ver lo urgente. La suce­sión ya comenzó de manera ade­lan­tada y eso pro­voca que varios fun­cio­na­rios y polí­ti­cos actúen pen­sando en cam­pa­ñas, alian­zas o can­di­da­tu­ras, mien­tras los ciu­da­da­nos siguen espe­rando solu­cio­nes bási­cas.

Sin embargo, la his­to­ria demues­tra que las socie­da­des no per­ma­ne­cen inmó­vi­les para siem­pre. El har­tazgo social suele con­ver­tirse en una fuerza pode­rosa. La pre­gunta es si quie­nes gobier­nan alcan­za­rán a enten­der el tamaño del pro­blema antes de que el dete­rioro sea mayor, por­que toda­vía hay tiempo para corre­gir, pero se nece­sita volun­tad polí­tica, auto­ri­dad y serie­dad. Se requiere coor­di­na­ción entre muni­ci­pios, estado y fede­ra­ción. Hace falta recu­pe­rar espa­cios públi­cos, orde­nar via­li­da­des, for­ta­le­cer poli­cías, trans­pa­ren­tar inves­ti­ga­cio­nes y dejar atrás el espec­tá­culo polí­tico que tanto daño hace a la ima­gen ins­ti­tu­cio­nal.

La socie­dad more­lense nece­sita seña­les posi­ti­vas, nece­sita vol­ver a creer que existe un rumbo. Hoy, lamen­ta­ble­mente, pre­do­mi­nan la incer­ti­dum­bre y el desen­canto. Los noti­cie­ros refle­jan dia­ria­mente tra­ge­dias, con­flic­tos y escán­da­los que impi­den dor­mir tran­qui­las a miles de fami­lias.

La gran pre­gunta es si vere­mos pronto algo ver­da­de­ra­mente posi­tivo. La res­puesta depen­derá de que quie­nes gobier­nan entien­dan que la pacien­cia social tiene lími­tes y que el poder no puede seguir viviendo ais­lado de la rea­li­dad, por­que More­los no nece­sita más shows polí­ti­cos ni más simu­la­cio­nes, lo que nece­sita es auto­ri­dad, resul­ta­dos y un pro­yecto serio que per­mita recu­pe­rar la tran­qui­li­dad per­dida. ¿No cree usted?

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