Antes del 11 de septiembre de 2001, el mundo que conocemos no era tan pacífico como se suele evocar. Habíamos sido testigos de los horrores en Ruanda y Somalia, y la balcanización marcaba un verbo para describir la intensa violencia en los Balcanes. Los ecos milenaristas estaban presentes, pero aún no habían dejado su resaca. Sin embargo, lo que no existía en ese momento era la impronta de la religión en la política que emergió posteriormente. La polarización extrema ahondó la separación entre religiones y la vida pública.
Desde aquel fatídico día, la identidad cultural se volvió un tema crucial para muchos. La urgencia por entender el origen árabe de algunas personas creció, y nunca antes se había confrontado con tanta insistencia la cuestión de la religión. Lo que resultó en un desconcierto manifiesto entre aquellos que asumían que la mayoría debía ser musulmana. Para mis amigos musulmanes, la situación se volvió, por decir lo menos, alarmante.
La memoria colectiva se pregunta: ¿Sirven las conmemoraciones como actos de recuerdo o son meras postales de dolor? Esta percepción depende de cómo construimos esos recuerdos, desde la mirada individual hasta la colectiva, y lo que consideramos indisoluble de un evento inicial.
Con frecuencia, pasamos por alto los impactos de eventos que marcan puntos de inflexión. Tendemos a concretar que algún suceso aislado cambió drásticamente el curso de la historia, cuando en realidad las transformaciones son más complejas y multifacéticas.
La reciente conmemoración de los ataques terroristas ha suscitado reflexiones, especialmente en su 25 aniversario, que no pueden ignorarse. Desde Estados Unidos, la narrativa predominante ha seguido la línea de las miles de vidas perdidas. Sin embargo, a una distancia prudente, surgen recuentos que apuntan hacia problemas que siguen sin resolverse, a pesar de que quizá no lo percibamos con claridad.
El panorama geopolítico de la última década estuvo marcado por eventos interrelacionados. La migración desde el Medio Oriente, especialmente desde Siria, se convirtió en una amenaza convenientemente atribuida a la llegada de refugiados, relacionados con promesas incumplidas y tensiones sociales. El impacto de la desindustrialización, la búsqueda de seguridad nacional, y las crisis financieras que han surgido desde la primera década del siglo han alimentado el auge de las derechas extremas en Europa y Occidente.
Las Primaveras árabes, a pesar de sus fallas, fueron impensables sin la caída de Sadam Huseín en Irak. Esta operación militar, resultado directo de la guerra contra el terrorismo, dejó tras de sí un vacío de poder que contribuyó al surgimiento del Estado Islámico. La falta de legitimidad internacional de la invasión llevó a que la administración de Obama se abstuviera de intervenir en Siria, a pesar de la evidencia del uso de armas químicas por parte del régimen de Assad. Este constante tira y afloja dejó a millones de personas en situaciones desesperadas, obligándolos a buscar refugio en Europa.
Una pregunta recurrente es: ¿Dónde quedó el consenso sobre la necesidad de que los Estados sean democráticos? No solo en un sentido electoral, sino en el completo respeto hacia la rendición de cuentas.
Desde el 11 de septiembre, hemos pasado a aceptar visiones menos laicas, donde las ideologías identitarias han resurgido y las teorías de reemplazo han tomado fuerza. La hipervigilancia se ha instaurado en nuestras vidas, y hemos adoptado la idea de que cualquier medida es válida en nombre de la seguridad, con poco cuestionamiento hacia la eficacia de tales enfoques. Así, lo que comenzó como un acto de violencia terrorista se ha transformado en un entramado de políticas, tensiones y contradicciones que marcan nuestra actualidad.
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