En el fascinante mundo de la lingüística, a menudo se plantea la pregunta de si el inglés está en una fase de declive. Estas inquietudes surgen frecuentemente ante el uso excesivo de la palabra “like”, la omisión de la “t” en palabras como “internet”, o el uso de “literally” en contextos no literales. Sin embargo, estos son más bien cambios en las pautas del habla que signos de una gramática en descomposición. El inglés ha sobrevivido a transformaciones mucho más severas a lo largo de su historia.
Para entender el fenómeno, es esencial mirar hacia el pasado. El inglés antiguo, hablado aproximadamente entre los años 450 y 1100 d.C., es prácticamente incomprensible hoy en día. Los lectores que se han aventurado a leer “Beowulf” conocen la diferencia abismal entre el inglés de entonces y el actual. La complejidad de las terminaciones de las palabras y las estructuras verbales era notablemente mayor, algo que aún se refleja en debates contemporáneos sobre el uso de “whom” en lugar de “who”, o la correcta utilización del pasado de “sneak”: ¿“snuck” o “sneaked”?
A lo largo de los siglos, el idioma ha enfrentado numerosas adversidades que han moldeado su evolución. Invasiones vikingas trajeron la influencia del viejo nórdico, mientras que el dominio anglo-normando hizo que el francés se convirtiera en la lengua de la élite. La llegada de los gramáticos del siglo XVIII, que establecieron normas de elocución y gramática, también dejó una huella indeleble. En el curso de estos cambios, el inglés ha abandonado casi todas las intrincadas características lingüísticas que originalmente poseía, convirtiéndose en el idioma que conocemos y, en ocasiones, apreciamos hoy en día.
Las características que etiquetamos como “malas” o “descuidadas” en el inglés, tales como la eliminación de la “g” en las terminaciones “-ing” o la omisión de la “t”, son, de hecho, rasgos que reflejan hábitos lingüísticos de siglos pasados. Por ejemplo, la pronunciación de “often” con la “t” fue común hasta el siglo XV; desde entonces, su pronunciación ha cambiado. De manera similar, el “s” que se añade a los verbos en tercera persona, como “does” y “makes”, comenzó como una variante dialectal que se popularizó en Londres en el siglo XVI.
Una perspectiva más lingüística sobre el lenguaje podría facilitar la comprensión de que hay múltiples formas de apreciar lo que constituye el “buen habla”. Por ejemplo, una de las polémicas contemporáneas es si es correcto terminar una oración con una preposición, una restricción que surgió en el siglo XVIII tras las recomendaciones de Robert Lowth. Aunque él nunca impuso una regla estricta al respecto, su sugerencia se convirtió en dogma en los círculos gramaticales, distorsionando la libertad lingüística que antes existía.
La confusión actual sobre el inglés también puede vincularse a la transformación de las normativas a finales del siglo XVIII. Con la creciente movilidad social y el aumento de la alfabetización, el habla comenzó a reflejar distinciones de clase. Emulación del habla de las clases altas se volvió tendencia entre los nuevos ricos, lo que condujo a la proliferación de guías de uso y diccionarios que dictaban la etiqueta lingüística. Por ejemplo, el estigma asociado a la terminación “-in” en lugar de “-ing” se consolidó en el siglo XIX, con un fuerte rechazo hacia esta variante, a pesar de que, en su tiempo, no había una preferencia clara.
Es esencial recordar que el lenguaje ha estado en constante evolución. La resistencia a lo nuevo a menudo se origina en los mismos grupos marginalizados a los que se atribuye el cambio, lo que incluye jóvenes, mujeres y comunidades de bajos recursos. Esta resistencia no implica que la forma despilfarradora de hablar sea incorrecta, sino que responde a necesidades lingüísticas y sociales. Así, si uno presume que su manera de hablar es la “correcta”, es vital reconocer que todos somos productos de siglos de reinvención lingüística.
La continua transformación del inglés ilustra que el idioma no está decayendo, sino adaptándose a los tiempos y las necesidades de sus hablantes.
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