El año 2025 se presenta como un periodo inusual para la economía mexicana, que parece desenvolverse bajo parámetros bastante familiares a pesar de su contexto extraordinario. Las exportaciones hacia Estados Unidos están experimentando un crecimiento del 4.3% en el primer semestre, lo que sugiere un dinamismo que contrasta con la retórica de la era Trump y sus implicaciones para el comercio. A la par, la Inversión Extranjera Directa ha superado el 10%, alcanzando cifras récord, a pesar de la inminente renegociación del T-MEC y una reforma al Poder Judicial llena de incertidumbres.
Sin embargo, cuando se examina el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) y la inflación, la situación se torna más sombría. México crece por debajo del 1%, una cifra que carece de vitalidad y se alinea con el estancamiento del sexenio anterior. La inflación, situada en 3.51% en julio, se encuentra en el rango objetivo del Banco de México; sin embargo, la percepción cotidiana de la población refleja una realidad diferente, dado que los hogares están enfrentando precios que en algunos casos superan el 5% anual.
El estancamiento de la manufactura, que ha sido un pilar durante años, se ha vuelto una anomalía, cumpliendo dos años en declive. Por otro lado, los estados del sur, que antes se beneficiaban de grandes proyectos como el Tren Maya y la refinería de Dos Bocas, han comenzado a mostrar signos de debilidad, con Tabasco, por ejemplo, reportando tasas negativas de crecimiento en los últimos trimestres.
Las finanzas públicas al inicio del sexenio de Sheinbaum se encuentran en un estado delicado, debido a un déficit del 5.7% del PIB que fue heredado de la administración anterior. La estrategia a seguir implica una reducción del gasto y un aumento en los ingresos, que se traducirá en una mayor presión fiscal sobre individuos y empresas, mientras los programas sociales se preservan. La inversión pública ha disminuido cerca de un 30%, lo que plantea serias preguntas sobre la viabilidad de los proyectos futuros del gobierno, como el rescate de Pemex y la construcción de infraestructuras críticas.
La presentación del paquete económico para 2026 será crucial para determinar el futuro del déficit y la inversión pública. Aunque se espera una continua reducción del déficit, las expectativas son cautas, dadas las limitaciones en el margen de maniobra del gobierno. La reactivación de la inversión pública se vuelve clave para otorgar credibilidad a grandes proyectos anunciados, incluyendo el desarrollo de un auto eléctrico y la expansión de las rutas ferroviarias.
La narrativa económica del gobierno refleja una visión de un Estado emprendedor que enfrenta preguntas complejas: ¿Qué costos implicarán estos proyectos y de dónde se obtendrán los recursos financieros? ¿Cómo se evitarán errores del pasado, como el capitalismo de cuates del salinismo? Además, la disposición del sector privado para colaborar con el gobierno plantea incógnitas importantes.
El Plan México se perfila como la hoja de ruta para la política económica del sexenio de Sheinbaum, con un enfoque en el desarrollo local, necesario para reducir la vulnerabilidad ante Estados Unidos. Sin embargo, el éxito de este plan podría depender de cumplir al menos el 50% de sus objetivos, lo que se plantea como un reto ambicioso.
Por último, es pertinente considerar factores que escapan al control del gobierno mexicano, como los riesgos climáticos, que han comenzado a manifestarse en sequías e inundaciones, resaltando la necesidad de integrar estrategias de mitigación y remediación en los presupuestos.
Con la culminación del 2025 a la vista, el futuro de la economía y la ejecución del plan gubernamental están en el aire. ¿Logrará el gobierno sortear estos desafíos y cumplir con sus metas? Solo el tiempo lo dirá.
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