Ciudad de México, 6 de mayo de 2025 – Una mañana soleada de marzo de 1957, Patricia Highsmith tomó café en La Parroquia de Veracruz, un lugar donde las voces de los hombres rebotaban en las paredes alicatadas y el aroma del exprés costaba un solo peso. Desde ahí, la célebre escritora estadounidense observó una escena digna de una de sus novelas: una multitud agolpada alrededor de un hombre elegante y demacrado con una cicatriz visible en el rostro. Era el legendario compositor Agustín Lara.
Esa experiencia, anotada en sus diarios, refleja la mirada aguda de Highsmith sobre lo extraordinario en lo cotidiano. A su lado, hombres con sombreros de los años veinte, travestis con vestidos negros y el bullicio de un puerto vibrante se mezclaban en una postal que la autora de Extraños en un tren habría sabido convertir en tensión narrativa.
A 30 años de su muerte, Patricia Highsmith sigue siendo una figura fundamental de la literatura del siglo XX, aunque muchas veces relegada al terreno del “entretenimiento”. Su obra, sin embargo, se adentra en zonas oscuras del alma humana y ha dejado personajes tan inolvidables como Tom Ripley, el sofisticado sociópata de su célebre saga.
En sus diarios, publicados por Anagrama, Highsmith reflexiona sobre las emociones que impulsan su escritura: “El terror de la mente mortal… soledad, excitación, aislamiento, amor, fracaso… todo esto fluye de mi pluma en muchísimo menos tiempo del que se tarda en escribirlo”.
A diferencia de los autores que buscaban denunciar los males de su tiempo, Highsmith creía que el arte no debía alzarse como un manifiesto, sino como una exploración emocional profunda. En los años 60 se preguntaba si los grandes libros serían aquellos que criticaban la civilización, pero dudaba de que perduraran más que aquellos construidos con una visión más visceral y compleja de la vida.
Su literatura —vibrante, contradictoria y alimentada por la observación de la vida callejera— ha sobrevivido al paso del tiempo más que muchas obras académicamente consagradas. Como ella misma escribió: “los mayores logros de su época en la escritura los alcanzarían los estudiosos del caos”.
En su funeral, se leyeron unos versos encontrados entre sus papeles, que bien podrían servir de epílogo a su vida y obra:
“¡Un brindis por el optimismo y la valentía! / ¡Una copa por la osadía! / ¡Y laureles para quien dé el salto!”
A tres décadas de su partida, los laureles siguen llegando en forma de lectores que descubren y redescubren su obra, esa que nunca temió caminar por los márgenes de la cordura y del alma humana.
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