Para muchas mujeres mexicanas que han migrado a Estados Unidos, el regreso a su país natal en la vejez enfrenta una serie de desafíos significativos. Este proceso, que debe ser considerado con seriedad, está marcado por problemas de salud, dependencia de apoyo, escasez de recursos económicos y la necesidad de cuidados, según estimaciones de especialistas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
El Estudio Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México (ENASEM) de 2021 indica que el 43.9% de las mujeres adultas mayores migrantes padecen multimorbilidad, lo que significa que sufren al menos dos enfermedades crónicas. En comparación, la proporción entre mujeres de la misma edad que no han migrado es un 40.3%. Estas cifras resaltan la fragilidad en que muchas de estas migrantes enfrentan su etapa de jubilación, lo que despierta la necesidad de investigar más a fondo su trayectoria laboral, su acceso a la atención médica y las condiciones de su retorno a México.
En el año 2021, se registró que casi un millón de personas de 65 años o más en México había migrado a Estados Unidos en algún momento de sus vidas por motivos laborales. De ese grupo, más de 259,900 eran mujeres. Las cifras de dependencia funcional también revelan un panorama preocupante: el 29.9% de las adultas mayores migrantes se describen a sí mismas como dependientes, comparado con el 26.8% de sus contrapartes que no migraron.
Es notable que un 45.9% de estas mujeres son viudas y un 77.2% prefiere vivir en áreas urbanas. La proximidad a sus familias, incluidos hijos y nietos, es un factor crucial que las motiva a asentarse en las ciudades, donde pueden continuar desempeñando roles de cuidado familiar.
Las razones detrás de la migración de estas mujeres son complejas y a menudo están ligadas a la pobreza, el desempleo y la necesidad de contribuir económicamente a sus familias, en lugar de simplemente acompañar a otros que migran. Muchas de ellas empezaron su aventura migratoria en su juventud, con la esperanza de mejorar sus condiciones de vida y apoyar a sus seres queridos en México. Para lograrlo, a menudo se vieron obligadas a aceptar múltiples empleos, una realidad laboral que con el tiempo podría impactar su calidad de vida en la vejez.
A la hora de regresar a México, muchas de estas mujeres retornan con escasos recursos, problemas de salud y la carga de varias enfermedades crónicas. Su situación se complica aún más por la falta de compañía, lo que les dificulta establecerse de nuevo en su lugar de origen, así como el desafío de no haber podido construir un patrimonio ni establecer un negocio propio.
Esta situación plantea interrogantes sobre los programas sociales y políticas públicas que podrían ayudar a estas mujeres migrantes durante su vejez, con un enfoque en sus necesidades de atención médica, cuidado y seguridad económica.
Adicionalmente, se ha señalado que la migración no es una experiencia homogénea; la naturaleza de cada experiencia puede depender de la duración de la estancia en el extranjero, el tipo de empleos desempeñados y las circunstancias del regreso. También es crucial reconocer que, para muchas personas adultas mayores, una enfermedad o la necesidad de cuidados son factores determinantes que motivan su regreso a México.
Por lo tanto, el desafío radica en examinar el fenómeno del retorno migratorio con una visión más amplia. No se trata simplemente de regresar a su país, sino de comprender las condiciones acumulativas que estas mujeres enfrentan tras años de trabajo y migración, especialmente en un contexto donde la salud, la economía y las necesidades de cuidado son cada vez más relevantes. La discusión sobre su bienestar y las políticas que podrían facilitar un retorno más digno y saludable es urgente y necesaria.
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