Un convoy de cinco camionetas del Programa Mundial de Alimentación (PMA) avanza con cautela por una pequeña ruta que serpentea entre el mar y las montañas en el norte de Venezuela, tras los devastadores sismos que golpearon el país el 24 de junio. La misión: abastecer a Chichiriviche de la Costa, un pequeño pueblo turístico que, a pesar de no haber sufrido daños severos, se ha quedado sin recursos debido a una crisis humanitaria sin precedentes que ha dejado más de 5,000 muertos.
La difícil accesibilidad del pueblo, caracterizada por caminos de tierra, subidas pronunciadas y tramos sin asfaltar, acentúa la escasez de alimentos. La venta de pescado ha cesado y el flujo de visitantes se ha detenido por completo, dejando a la comunidad en una dura situación. Durante los primeros días después del terremoto, la ayuda humanitaria proveniente de Países Bajos llegó por helicóptero, pero a medida que la situación se ha mantenido crítica, el PMA ha tomado un papel más central en los esfuerzos de socorro.
Decenas de residentes aguardan la llegada del PMA en la plaza, sabiendo que la ayuda es indispensable. “Gracias a Dios no hizo daño, no hubo muertos ni nada, pero sí hay un poquito como de escasez”, comenta Andreina Liendo, de 54 años, quien recibió 50 kg de alimentos que le permitirán sobrevivir durante cerca de un mes. En esa jornada, se distribuyeron alrededor de 25 toneladas de alimentos a 498 familias, en un programa que prevé entregar cerca de 500,000 toneladas en tres meses, con un financiamiento de 80 millones de dólares para Venezuela.
Marc André Prost, coordinador de urgencias del PMA, explicó que su objetivo es ayudar a las comunidades en este periodo crítico donde los ingresos han desaparecido. La atención se centra actualmente en las zonas más afectadas por el sismo, como La Guaira, Catia La Mar y Caraballeda, donde el impacto en el turismo y la pesca ha sido devastador.
Wilfran Liendo, de 40 años, y su hijo Eduardo, de 21, llevan las pesadas bolsas de alimentos a su hogar, cruzando un arroyo y caminos de tierra. La situación es angustiante para muchos, pues el miedo a futuras réplicas del terremoto ha llevado a algunos a buscar refugio fuera de sus casas, como es el caso de Margarita Mayora, quien teme dormir en una habitación que presenta grietas.
El paisaje del lugar, que solía estar lleno de turistas, se ha convertido en un desierto silencioso, acentuado por la incertidumbre del futuro. “Si no vienen turistas, estamos por ahí ponchados”, afirma un preocupado Wilfran, quien también es agricultor. La desesperación por la falta de ingresos es palpable; muchos se ven forzados a racionar la comida. La esperanza se mantiene viva entre ellos, pero el camino hacia la recuperación parece largo y complicado.
En este contexto, algunos pescadores, como Adalberto Maypora, de 70 años, continúan esforzándose. Su pequeño barco sigue navegando, proveyendo pescado a los habitantes del pueblo y a las autoridades que ayudan a los refugiados. Sin embargo, la realidad es que, con la paralización del turismo, las ventas han caído estrepitosamente. “Si no llega turista aquí, ¿a quién le vendes pescado?”, cuestiona, subrayando la fragilidad de su situación económica.
Así, en medio de un paisaje que refleja tanto la belleza natural como la tragedia humana, la comunidad de Chichiriviche de la Costa enfrenta un futuro incierto, donde cada ración de comida y cada ayuda humanitaria se convierten en un salvavidas en tiempos de desesperación.
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