He aquí una noticia que desafía cualquier noción del periodismo que diéramos por cierta: dos detectores de ondas gravitacionales han captado señales de un cataclismo cósmico que no se había observado jamás: la colisión entre agujeros negros y estrellas de neutrones. Al susto del titular, que llegó en forma de alerta a los móviles, siguió la relativa tranquilidad al conocer que aquello tan impresionante ocurrió hace cientos de millones de años. Tal vez fue gravísimo, seguro que lo fue, pero pasó hace tanto tiempo que, fuera lo que fuera lo que provocara, ya lo hemos superado. Un problema menos.
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Algo similar, aunque inverso, podría ocurrir si imaginamos el siguiente ejercicio: ¿Qué acontecimiento de los que hoy llenan los informativos y periódicos podría ser noticia, no ya en cientos de millones de años, sino, digamos, en décadas? Vayamos al 2030 incluso al 2050, al 2100, si quieren, y pongamos por caso que las hemerotecas digitales han desaparecido en un ciberataque que nos ha dejado secos. Si eligiéramos una noticia de las que manejamos estos días para que la captara un detector de cataclismos, con toda seguridad no sería la reunión de Sánchez y Aragonès, los berrinches de Pablo Casado ni las patéticas exhibiciones de jóvenes cuarentenados en Mallorca y de sus padres que al parecer no sabían que hubiera una pandemia en marcha.
Sino que, en unos comunes días de junio, bajo un extraño fenómeno, los países de las Montañas Rocosas, ese trozo del planeta habitualmente poblado de glaciares, nieves y hielos que es el oeste de Canadá y EE UU, donde la temperatura media en estos días solía ser de poco más de 20 grados y tan contentos, está casi llegando ¡a los 50!. Los récords se están rompiendo en decenas de sitios desde que hay registros y las autoridades han tenido que abrir espacios con aire acondicionado a los ciudadanos para preservar su salud. No son refugiados de un temporal, de un incendio, de una inundación. Son refugiados del calor. Y ya hay cien muertos.


