Durante su gestión como secretario de Relaciones Exteriores, Juan Ramón de la Fuente realizó 20 viajes internacionales en un periodo de 18 meses. De estos, la mitad tuvo como destino Estados Unidos, mientras que también repitió visitas a Colombia y Brasil, y tocó suelo en Canadá y Honduras. En contraste, otros secretarios, como Marco Rubio, han demostrado una intensa actividad diplomática, visitando 31 países en apenas 14 meses. Antony Blinken, su predecesor, viajó a 89 países durante sus cuatro años en el cargo, sumando cinco visitas a México.
José Manuel Albares, el ministro de Exteriores de España, realizó una asombrosa cantidad de 196 viajes desde su asunción en julio de 2021 hasta diciembre de 2023, lo que subraya la vitalidad de la diplomacia española en comparación con su contraparte mexicana. La cuestión persiste: ¿por qué De la Fuente realizó tan pocos viajes al exterior, omitiendo incluso un destino clave como Europa?
El texto destaca lo que se califica como “la enfermedad de la diplomacia mexicana”, atribuida al dogmatismo. Esta postura puede debilitar la función esencial de la diplomacia, que es acercar el mundo a México y viceversa. Bajo la administración de Andrés Manuel López Obrador, el presidente ha viajado solo 16 días durante su mandato, marcando un enfoque en la política exterior que podría interpretarse como facultativa.
La percepción de las embajadas ha cambiado drásticamente: desde la transformación en Delegaciones de Morena hasta su calificación de “Airbnb de oro”. Este cambio se ejemplifica con figuras como Josefa González-Blanco, nombrada embajadora en Londres a pesar de tener un criadero de guacamayas y una conexión personal con López Obrador. Otros nombramientos han incluido a exgobernadores priistas en naciones como España, Noruega y Canadá, así como a viudas de amigos cercanos del presidente.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha realizado solo tres viajes al exterior en 18 meses y no ha visitado Europa, Asia, Oceanía ni África, lo que refuerza la idea de una política exterior restringida. La reciente respuesta del nuevo secretario, Roberto Velasco, al informe del Comité de Desapariciones Forzadas de la ONU muestra una reticencia a aceptar críticas, enfatizando un enfoque dogmático que coloca a la ONU como una especie de adversario.
La situación se agrava con la percepción de un vínculo entre autoridades locales y actividades ilícitas, como se ilustra en los casos de “La Barredora” en Tabasco y en Sinaloa. En lugar de reflexionar sobre la dura realidad que este informe plantea, la respuesta institucional ha sido minimizarlo y cuestionar su integridad.
La actual Dirección General de Derechos Humanos y Democracia de la SRE, dirigida por Jennifer Feller, ha seguido una línea similar, argumentando en contra de las “interpretaciones erróneas” del informe, reforzando así la imagen de una diplomacia que ve a la ONU como un rival en lugar de un aliado.
Este contexto resalta una preocupación creciente sobre el rumbo de la diplomacia mexicana, donde las embajadas han sido transformadas en Delegaciones políticas y el enfoque en la cooperación internacional parece ser cada vez más limitado.
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