Antes de ser columnista, un intento por revitalizar el espacio público me llevó a participar en la política local. En 2021, me postulé para el concejo de la ciudad de Nueva York en Astoria, Queens, con el lema “El espacio público para el bien público”. Mi objetivo era recuperar aceras, plazas y calles del almacenamiento de automóviles y devolverlas a la comunidad. Aunque no obtuve éxito electoral, mi atención hacia la pérdida de lugares donde la gente solía reunirse ha aumentado, y la tendencia está ocurriendo de manera alarmante.
Datos publicados por el Bureau of Labor Statistics revelan que desde el año 2001, Estados Unidos ha experimentado la desaparición de un 20% de sus cines y casi un 30% de sus boleras. Este fenómeno no es un caso aislado. Un estudio de 2025 analizó la disponibilidad de lo que se conoce como “terceros lugares”, como cafeterías, bibliotecas y centros de recreación, y encontró que, entre 2019 y 2021, todos estos espacios experimentaron cierres, afectando particularmente a áreas rurales y comunidades con más población negra, hispana y con menor nivel educativo.
La accesibilidad económica es un factor significativo en esta crisis. Según Jessica Finlay, profesora de geografía de la Universidad de Colorado Boulder y colaboradora del estudio mencionado, “todo cuesta más”. La gentrificación ha provocado que muchas personas no puedan permitirse ser habituales en esos lugares. A ello se suman los retos económicos previos a la pandemia: consecuencias de la Gran Recesión, la sobreabundancia de centros comerciales, el auge del comercio en línea y la consolidación de las grandes cadenas.
La pandemia de COVID-19 ha acelerado esta tendencia. Para 2025, los costos de los alimentos han aumentado un 38% y los de trabajo un 35%, lo que ha impactado la rentabilidad de los restaurantes. Mientras tanto, los cines enfrentan un escenario financiero precario, con cines como AMC cargando más de 400 millones de dólares anuales en gastos de intereses y 850 millones en alquileres, una situación considerada “insostenible” por S&P Global Ratings.
El dilema no solo afecta a los negocios; la salud mental y el bienestar de los ciudadanos también están en juego. Según Julianne Holt-Lunstad, profesora de psicología en Brigham Young University, la soledad crónica puede tener riesgos para la salud que equivalen a fumar 15 cigarrillos al día. Un aviso del Cirujano General de EE. UU. en 2023 indica que las personas socialmente desconectadas enfrentan un riesgo de muerte prematura hasta un 29% mayor.
En este contexto, los “terceros lugares”, aquellos espacios informales donde las conexiones sociales florecen, son esenciales. La falta de estos espacios resulta en un descenso del bienestar social y mental. En un momento en que muchos se sienten aislados, el costo de la vida no solo limita el acceso a actividades recreativas, sino que también impacta el tejido social de las comunidades.
Holt-Lunstad también ha observado cómo la búsqueda de una conexión significativa está cambiando. Muchos prefieren actividades interactivas como el patinaje o la danza, que fomentan una mejor conexión social, a pesar de que salir al cine puede resultar más asequible en comparación con una cena. Así, aunque las salas de cine ofrecen un refugio temporal, el ambiente social que estos espacios deberían proporcionar se ve empañado por una creciente presión.
Esa presión proviene de un mundo cada vez más diseñado para la eficiencia en lugar de la interacción humana, según Finlay. El resultado es un deterioro de espacios que, si alguna vez fueron amenos para la convivencia, ahora actúan como “desamenidades”, espacios que no fomentan el bienestar ni la salud de las comunidades.
Mirando al futuro, se vuelve indispensable reflexionar sobre la importancia de recuperar esos lugares comunitarios que han comenzado a apagarse. El precio de seguir ignorando esta tendencia no solo afecta el bienestar individual, sino que también repercute en la salud colectiva y la economía en general. Con una población cada vez más desconectada y buscando alternativas, la necesidad de diversificar nuestro “portafolio relacional” se vuelve imperativa. Al final, involucrarse en la comunidad y fomentar interacciones significativas puede resultar no solo en un mejor bienestar personal, sino también en un impacto positivo en la vida social y económica de las comunidades.
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