En el corazón de la conversación sobre la intersección entre el comercio de libros y la inteligencia artificial, surgen dilemas éticos y legales que merecen una atención profunda. En Toronto, Petras, una propietaria de librería, mantiene una postura clara: su disposición a vender a compradores encubiertos se ve limitada cuando se trata de libros con marginalia interesante o un importante linaje. Esta reflexión da paso a un análisis más amplio sobre el tipo de literatura que está siendo adquirida por empresas de tecnología, como Anthropic, que busca obtener “todos los libros del mundo”.
En el contexto de una investigación reciente, muchas librerías han informado la venta de títulos que, aunque no son raros, poseen un interés particular por su contenido. Desde 1970 hasta 2010, estos libros, en su mayoría de pequeñas tiradas y publicados por casas editoriales académicas, abarcan géneros como la historia, la biografía y la crítica literaria. Melanie Walsh, profesora asistente en la Universidad de Washington, ha contribuido a analizar un sorprendente conjunto de más de seiscientos títulos vendidos a compañías de A.I. por librerías como Brattle Book Shop en Boston.
Walsh destaca que estas obras, a menudo especializadas y académicas, podrían tener un impacto significativo en el desarrollo de modelos de A.I., ya que su contenido puede ser particularmente valioso en disciplinas como la filosofía y la astronomía. Por ejemplo, un folleto de 1972 titulado “Utilización de lodos de aguas residuales municipales” podría contribuir más a un modelo de A.I. que a un entorno academicamente obsoleto.
Sin embargo, no todo es tan simple. La adquisición masiva de libros para entrenamiento de modelos de A.I. ha desencadenado desafíos legales. En 2025, Anthropic acordó pagar 1.5 mil millones de dólares para resolver una demanda colectiva de autores que acusaban a la empresa de violar derechos de autor al utilizar sus obras sin permiso. El juez William Alsup, a cargo del caso, criticó las acciones de Anthropic, que incluyeron la descarga de más de siete millones de copias piratas de libros. Afirmó que la empresa parecía asumir que podía apropiarse de todos los works sin mayores consecuencias, lo que planteó inquietantes cuestiones sobre la propiedad intelectual en la era digital.
A pesar de las controversias alrededor de estas prácticas, el juez sostuvo que usar libros para entrenar modelos de A.I. puede considerarse “uso legítimo”. En sus palabras, sería “impensable” requerir un pago cada vez que se consulta un texto. La idea de que un autor no puede vigilar el uso de su obra en conocimientos y creaciones futuras plantea un debate esencial sobre el futuro del derecho de autor en la inteligencia artificial.
En este panorama en constante evolución, la mezcla de la literatura con la tecnología está creando nuevas realidades que desafían tanto a libreros como a autores. Las implicaciones de cómo se utilizan los libros en la formación de A.I. son profundas, abriendo la puerta a un diálogo necesario sobre el valor del conocimiento y su circulación en un mundo digital que cada vez se siente más voraz.
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