El 28 de julio, el día que debe asumir el nuevo presidente, el Perú cumplirá doscientos años de vida republicana. Nuestro Bicentenario. El Gobierno ha creado incluso un proyecto especial con este nombre para celebrarlo. Pero más que un espíritu de unidad nacional y un regocijo celebratorio, lo que hoy recorre los humores políticos peruanos es un permanente estado de indolencia.
Atravesamos la mayor crisis sanitaria y económica de nuestra historia reciente, pero buena parte de nuestro establishment político sigue tozuda e irresponsablemente alegando fraude en la victoria de Castillo. Son los últimos coletazos de una clase política que agoniza y que está dispuesta a arrastrar, en su delirio colectivo, hasta el extremo más vergonzoso a buena parte de nuestra ciudadanía. Aparentemente para ellos sí es verdad eso que canta Lucha Reyes: un fracaso más, qué importa.
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Nunca como hoy, los viejos perdedores, extintos de la política peruana a fuerza de nuestro darwinismo electoral, como los excandidatos presidenciales Lourdes Flores Nano o Alfredo Barnechea, han tenido tanta carta libre para petardear un proceso electoral. Barnechea incluso, impúdicamente, no ha tenido recato en apelar a una unión entre civiles y militares para desconocer el resultado electoral. Ha acusado abierta e indiscriminadamente al gobierno de Sagasti de haber sido parte de un embuste electoral.
Si fuéramos un país con medios de comunicación medianamente serios y preocupados por el porvenir del Perú, estas denuncias sólo ocuparían las secciones amarillistas de un diario de espectáculos. Nunca en nuestra historia republicana reciente había habido tanto señorón desinformando a diestra y siniestra, con semejante sentido de irrealidad y con una cobertura sin precedentes.


