En el corazón de Nueva York, John Healey, un hombre de 76 años, evoca un pasado repleto de experiencias insólitas y encuentros significativos. En sus tiempos de vacas flacas, Healey dedicó su esfuerzo a trabajos sorprendentes, como la construcción de una casa sin clavos para la hija del famoso pintor Willem de Kooning. Con una vida marcada por el arte y la bohemia, Healey se trasladó a Málaga a los 19 años, donde se sumergió en un mundo literario y cinematográfico que moldearía su existencia.
Este viaje a España comenzó gracias a Freddy Wildman, un millonario importador de vinos que le ofreció un refugio en su finca, donde Healey aspiraba a convertirse en escritor. A pesar de sus numerosas idas y venidas entre Estados Unidos y España, el país ibérico dejó una huella indeleble en su vida. Durante su estancia, tuvo la fortuna de conocer a figuras literarias como Gerald Brenan y Víctor Erice, quienes influyeron en su trayectoria creativa.
La relación que Healey mantuvo con su padre, un congresista demócrata, fue clave en su infancia. A pesar de la falta de su madre, quien falleció cuando él tenía seis años, Healey recibió apoyo tanto de su padre como de su familia materna, lo que le permitió explorar su libertad y sus pasiones. Su padre llegó a conocer a Ernest Hemingway en un bar neoyorquino, donde le aconsejó que viajara a España, una sugerencia que, aunque vaga, resonó en Healey y contribuyó a su futuro.
Al llegar a un país que aún conservaba un aire gris durante los años sesenta, Healey se sumergió en una burbuja creativa en la finca de Wildman, donde la bohemia florecía. Saludado con un ambiente de apertura, donde se practicaba la cultura hippie, él dedicó su tiempo a leer y absorber el ambiente. Si bien la vida en el sur de España parecía idílica, con el clima y la cultura relajada, Healey se dio cuenta de que sería complicado ganarse la vida como escritor, lo que le llevó a considerar la medicina como una nueva opción.
La llegada a Granada y sus estudios de medicina implicaron un cambio importante en su vida. Curiosamente, revive la fantasía de convertirse en un médico literato, emulando a figuras como Chejov. Sin embargo, su experiencia en Nueva York le demostró que el campo médico no se acomodaba a su deseo de creatividad y variabilidad. En esta transición, conoció a Víctor Erice, quien le ofreció una oportunidad en el cine como asistente en la producción de su película “El sur”.
Healey se sumergió en un entorno donde el tiempo se medía por las estaciones en un pequeño pueblo de las Alpujarras, con la vida marcada por la interacción y el arte. Su relación con Erice floreció, y juntos compartieron momentos únicos que marcarían su amistad para siempre. Healey destaca que, aunque Erice desprendía una atmósfera de creatividad pura, él nunca se sintió oprimido por una posible superioridad moral, manteniendo siempre una conexión auténtica con el equipo de trabajo.
A medida que Healey continúa reflexionando sobre su vida, no escatima en críticas a la figura del franquismo, recordando cómo, en el contexto de su juventud, la llegada de la democracia generó una enorme esperanza. Sin embargo, observa con preocupación el clima político actual en España, que ha enturbiado la libertad de expresión y el diálogo abierto.
Los relatos de un hombre que ha navegado entre diferentes mundos y culturas ofrecen un vistazo a la riqueza de una vida dedicada a la búsqueda del arte y la verdad. John Healey sigue siendo, a sus 76 años, un testimonio viviente de la intersección entre literatura, cine y la influencia inquebrantable de un entorno que nunca dejó de inspirarlo.
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