El 1 de enero de 1926 marcó el inicio de la vida de Armida de la Vara, una escritora cuyas raíces se encuentran en Opodepe, un pequeño pueblo del desierto sonorense, donde creció rodeada de una familia de campesinos. Con aproximadamente 2.500 habitantes, Opodepe ofreció el primer aliento de vida a una niña que no solo aprendería a leer y escribir, sino que también forjaría un legado literario. Su pasión por la literatura se cultivó al final de largas jornadas laborales, con su padre compartiendo lecturas en familia.
A lo largo de su vida, Armida se distanció de lo convencional. Sus obras más destacadas, el poemario Canto Rodado (1947) y la novela La creciente (1979), revelan una voz que desafiaba las normas. Su familia fue un pilar fundamental en su desarrollo. A diferencia de muchos hombres que permanecieron en el campo, las mujeres de su hogar, incluyéndola a ella, tuvieron la oportunidad de estudiar. Armida terminó su educación primaria en Hermosillo y posteriormente se graduó como maestra normalista, además de cursar Letras Francesas en la UNAM.
A lo largo de su trayectoria, Armida colaboró con la Secretaría de Educación en la creación de libros de texto gratuitos, un proyecto que reflejaba su compromiso con la educación infantil. La observación precisa de la realidad, unida a un estilo claro y directo, la caracterizaba. “No me llevo bien con la novelística complicada”, decía, mostrando su preferencia por la sencillez en la escritura. Ya en su juventud, con tan solo 21 años, se convirtió en la primera mujer en ganar el Concurso del Libro Sonorense con su poemario Canto Rodado, un logro que tardó décadas en repetirse.
Mientras tanto, su vida personal se entrelazaba con la profesional. A los 15 años, quedó huérfana de madre, una pérdida que la afectó profundamente. Sin embargo, su naturaleza bondadosa y su inteligencia denotaban una fortaleza admirable. Fue madre de seis hijos, a quienes inculcó un sentido de seguridad y autoestima. “Nos enseñó a sentirnos seguras de nosotras mismas”, recuerda su hija Marcela.
El desierto sonorense fue una constante en su narrativa. En su novela La creciente, captura la esencia de ese paisaje árido, donde las sequías extremas coexisten con las riadas del río. Su habilidad para transmitir amor por su tierra la hacía única, y sus amigos incluían a célebres escritores como Jaime Sabines y Carlos Monsiváis.
A través de su vida y su obra, Armida de la Vara se convirtió en un símbolo de inspiración. Junto a su esposo, el historiador Luis González y González, con quien compartió tanto su vida familiar como sus trabajos editoriales, fundaron el Colegio de Michoacán, llevando su legado más allá de lo escrito. Juntos, promovieron una educación accesible y enriquecedora para todos, creando talleres donde cualquier interesado tuviera la oportunidad de escribir.
Al final de su vida, Armida volvió a Sonora, donde sus restos descansan junto a su esposo en un panteón que refleja sus raíces. A medida que se celebra su centenario, Armida de la Vara sigue siendo un referente en la literatura mexicana, recordada no solo por sus significativas obras, sino por su compromiso con la educación y el fomentar un profundo amor por la literatura en los más jóvenes. Sus palabras continúan resonando: “Yo soy de ese barro con llanto mezclado / de que tú estás hecha; tú me has modelado / arisca y rebelde, tranquila y serena…”.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.
![[post_title]](https://columnadigital.com/wp-content/uploads/2026/03/Armida-de-la-Vara-la-autora-del-desierto-que-triunfo-1024x570.png)

