En un entorno donde los visitantes de museos suelen dedicar en promedio apenas 27 segundos a contemplar una obra de arte, el impacto del artista AI Refik Anadol parece dejar una huella profunda y duradera. Según sus propias declaraciones, su controversial instalación Unsupervised, exhibida en el Museo de Arte Moderno (MoMA) en 2022, logró captar la atención de los espectadores por aproximadamente 38 minutos cada uno, un tiempo considerable en comparación con la norma del sector.
Anadol creó esta obra alimentando un sistema de inteligencia artificial con los metadatos de más de 138,000 piezas de la colección del MoMA. El resultado fue una reinterpretación de la historia del arte en forma de abstracciones en constante transformación, llevando a los espectadores a un viaje visual donde figuras como van Gogh, Monet y de Kooning se fusionan y disuelven en un continuo visual. Sin embargo, la creación ha suscitado debates sobre su autenticidad y valor artístico.
En una reciente aparición en 60 Minutes, Anadol describió su enfoque creativo con metáforas poéticas, al equiparar los datos que utiliza con un pigmento que nunca se seca, insinuando que pueden adoptar cualquier forma, color o textura. Para él, la experiencia no es meramente una atracción pasajera; es un avance hacia territorios inexplorados del arte contemporáneo.
La popularidad de Unsupervised fue notable, con visitantes que se relajaban en sofás, bailaban o grababan el espectáculo, evidenciando un claro interés por esta forma de arte emergente. Anadol ha logrado ganarse la atención tanto de la comunidad tecnológica como de algunos sectores del mundo del arte; varias de sus obras han alcanzado precios de subasta superiores al millón de dólares.
Sin embargo, no todos han acogido el fenómeno con entusiasmo. El crítico Jerry Saltz, en un análisis reciente, lo describió como un “masivo lava lamp tecnológico” y cuestionó si las multitudes que atrae esta instalación realmente validan su valor artístico. Saltz, aunque concede que la inteligencia artificial tendrá un lugar en el arte en el futuro, señala que muchos de los trabajos actuales se reducen a “un promedio de promedios”.
Molly Crabapple, artista y escritora neoyorquina, también ha expresado sus reservas, considerando que el entrenamiento de algoritmos en imágenes tomadas sin consentimiento equivale a un “robo de arte a gran escala”. Ella pone de relieve que, mientras tradicionalmente se hablaría de un solo cuadro robado, actualmente se habla de miles de millones de imágenes.
A pesar de las críticas, Anadol se defiende argumentando que ahora trabaja únicamente con conjuntos de datos obtenidos éticamente y considera a la inteligencia artificial como un colaborador en el proceso creativo. Busca un balance del 50–50 entre lo humano y lo mecánico, enfatizando que esta colaboración es esencial en su práctica artística.
La gran pregunta que persiste es si el remix de la herencia visual de la humanidad por parte de una máquina puede considerarse arte genuino. Mientras Anadol sostiene que estamos descubriendo un paisaje artístico sin precedentes, críticos como Saltz insisten en que tal paisaje ha sido explorado antes, aunque quizás con un enfoque diferente.
El diálogo sobre la relación entre la inteligencia artificial y el arte no solo es relevante, sino fundamental en la evolución del campo, donde las nociones de creatividad, autoría y el valor del arte están siendo desafiadas, transformando la manera en que percibimos y nos relacionamos con la creación artística.
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