En el escenario contemporáneo del arte, la intersección entre tecnología y experiencia humana está tomando un giro inquietante. En la Bienal del Museo Whitney, que se lleva a cabo en 2026, los artistas exploran la relación entre la humanidad y la tecnología a través de obras que invocan un sentido de horror y desasosiego hacia la medición y la cuantificación.
Uno de los destacados es Cooper Jacoby, cuyo trabajo, Estate (July 10, 2022), utiliza texturas de redes sociales de artistas fallecidos, recogidas sin su consentimiento, para crear una narrativa generada por inteligencia artificial. Esta pieza incluye un monitor LED que señala el tiempo desde la muerte del sujeto: tres años, seis meses, 206 días y diez horas. La obra, aunque inquietante y macabra, también saca a la luz cuestiones críticas sobre cómo las grandes empresas tecnológicas manipulan datos personales para producir “arte” y otras aplicaciones cuestionables. Este fenómeno recalca la creciente conciencia pública sobre la vigilancia omnipresente y la extracción de datos en nuestra sociedad.
Jacoby no está solo en su cuestionamiento sobre lo que significa ser humano en una era dominada por la tecnología. La artista Isabelle Frances McGuire también confronta esta noción con su instalación titulada For Satan in America and Other Invisible Evils: Experiments in Public Sculpture (Witches 1–3), donde utiliza escaneos médicos de alta fidelidad para explorar la distorsión del ser humano en el contexto de las cazas de brujas de Salem. Sus figuras, suspendidas en el aire, desafían la percepción de la realidad y el engaño.
Gabriela Ruiz, con su obra Homo Machina (Human Machine a.k.a. Gay Machine), oxigena la crítica a la vigilancia utilizando un diseño que asemeja un juego de carnaval. Aquí, los espectadores son invitados a contemplarse a sí mismos a través de un reflejo distorsionado, sugiriendo que nuestra imagen y esencia están atrapadas en un ciclo de consumo digital que deshumaniza.
Los artistas contemporáneos están cada vez más preocupados por los límites entre lo humano y lo no humano. El filósofo digital Yuk Hui ha señalado cómo, tras una larga etapa de desinterés por estas fronteras, la llegada repentina de la inteligencia artificial ha cambiado radicalmente el diálogo. El arte contemporáneo revela la horrorosa realidad de un futuro desvinculado de las idealizadas conexiones románticas con la naturaleza, presentando en cambio una fusión grotesca entre el humano y la máquina.
En confrontación con estos temas, se personifican figuras como el “looksmaxxer” Clavicular y Bryan Johnson, quienes encarnan la obsesión por la perfección biométrica y la inmortalidad. Su deseo de ampliar los límites del cuerpo humano a través de manipulaciones tecnológicas plantea interrogantes éticos sobre la corporeidad y el sentido de la existencia, reflejando un horror corporal que se resuena en las obras de la Bienal.
En un escenario marcado por el avance incesante de la tecnología, la conversación sobre la muerte y la inmortalidad se vuelve inevitable. Recientemente, durante una cena, un colega del ámbito tecnológico sugirió que utilizar inteligencia artificial podría ser el camino hacia la efectividad. Sin embargo, este intercambio se tornó en una reflexión más profunda sobre la importancia del proceso humano en la creación y la conexión.
El futuro que se vislumbra a través de este arte no es uno de limpieza y perfección, sino uno lleno de caos, carne y visceralidad. A medida que nos adentramos en esta era de cuantificación y medición, la bidimensionalidad de nuestras interacciones con la tecnología nos deja preguntándonos no solo sobre nuestra humanidad, sino sobre lo que queda de ella en un mundo cada vez más dominado por algoritmos.
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