En 2023, Jonathan Carver Moore decidió invertir su futuro, liquidando su fondo de jubilación para abrir una galería en los confines del barrio Tenderloin de San Francisco. A pesar de su esfuerzo y sus prometedoras exposiciones en ferias de arte, desde Chicago hasta Miami, su emprendimiento se ha visto sacudido por serias acusaciones de mala gestión financiera que podrían poner en peligro su reputación en el mundo del arte.
Nueve artistas y representantes de galerías que han colaborado con Moore afirman que les debe miles de dólares y que, en muchos casos, no ha devuelto sus obras, a pesar de repetidas solicitudes. En un esfuerzo conjunto, siete artistas redactaron una carta dirigida a Moore, exigiendo el pago y la devolución de las obras no vendidas, revelando así la tensión creciente en su relación con los creativos que apoya.
La situación de Moore es crítica: hasta la tarde del miércoles, su página web había dejado de funcionar, lo que plantea dudas sobre la viabilidad de su proyecto. No obstante, es importante destacar su compromiso de trabajar con artistas de comunidades históricamente marginadas, incluyendo a artistas negros, queer e indígenas, y su iniciativa de residencias para estos grupos.
A pesar de su enfoque inclusivo, varios artistas han expresado su frustración. Demond Melancon, por ejemplo, sostiene que Moore le debe cerca de $70,000 por ventas realizadas en Expo Chicago en abril, y aseguró que sus intentos de contacto han sido en vano. En redes sociales, la artista April Bey también hizo un llamado público pidiendo que Moore devuelva obras por un valor de $68,000. Otros creadores como Adana Tillman han denunciado pagos atrasados por múltiples trabajos.
Una carta enviada a Moore denunciaba que su tratamiento hacia los artistas, a quienes dice querer apoyar, es contradictorio. Esta declaración de desconfianza resuena en la comunidad artística, donde la falta de comunicación y posibles irregularidades en las transacciones están causando un profundo descontento.
Artistas de distintos rincones también han manifestado su desasosiego. Cydne Jasmin Coleby, por ejemplo, reveló que su obra fue adquirida por Moore, quien nunca pagó los $7,000 acordados; el TERN Gallery ha llegado a reportar el cuadro como robado. Por su parte, Kevin Poorman, coleccionista de Chicago, pagó $8,800 por un trabajo de Melancon, solo para descubrir que la entrega nunca se realizó.
Moore ha contestado a estas acusaciones señalando que, aunque enfrenta desafíos financieros como cualquier otro galerista, su intención sigue siendo honrar sus compromisos con los artistas. Sin embargo, la serie de denuncias y la creciente insatisfacción pone en entredicho no solo su modelo de negocio, sino también su misión de promover voces que han sido históricamente ignoradas en el mundo del arte.
La realidad de los galeristas como Moore es compleja y, en muchos casos, adversa. La lucha por equilibrar la pasión por el arte con la necesidad de ser financieramente sostenibles es, sin duda, un desafío significativo. A medida que la comunidad observa estos desarrollos, la esperanza es que se logre una resolución que favorezca a los artistas que confían en su misión. La integridad de la galería y su futuro dependerán no solo de la capacidad de Moore para aprender y adaptarse, sino también de su compromiso genuino con aquellos a quienes dice apoyar.
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