Moscú se encuentra nuevamente en estado de alerta tras un segundo día de ataques con drones. El viernes 19 de junio de 2026, las autoridades rusas informaron que al menos 36 drones fueron derribados en dirección a la capital, luego de una oleada masiva que el día anterior había dejado daños significativos en la refinería de Kapotnya y en varios municipios circundantes. Estos incidentes han llevado a que los aeropuertos moscovitas, como Domodedovo y Zhukovsky, se vean obligados a cerrar temporalmente, mientras que Sheremetyevo y Vnukovo operan bajo restricciones.
Entre las trágicas consecuencias del ataque del jueves, se reporta la muerte de una niña de ocho años en Zhukovsky durante un incendio desencadenado por los ataques. El gobernador de la región de Moscú, Andrei Vorobiev, expresó sus condolencias y prometió apoyo a la familia afectada. Sin embargo, el Kremlin se ha mantenido firme en su postura, destacando la supuesta eficacia de sus sistemas de defensa aérea. Dimitri Peskov, portavoz del Kremlin, aseguró que, a pesar de los ataques continuos de las Fuerzas Armadas de Ucrania, se están tomando las medidas adecuadas para mitigar las consecuencias.
La cobertura mediática del ataque en Rusia ha sido objeto de fuertes restricciones. Las autoridades parecen haber limitado la información que pueden compartir los medios estatales, reflejando solo un enfoque optimista sobre la capacidad de respuesta de las defensas aéreas rusas. En contraste, medios independientes, operando en el exilio, han reportado una visión más alarmante, señalando la magnitud del ataque y sus efectos devastadores.
Desde mayo, las autoridades rusas han impuesto una censura que prohíbe la publicación de imágenes o detalles sobre los ataques sin la aprobación oficial. A pesar de esto, las redes sociales se han inundado de imágenes que documentan la devastación del ataque. La sensación de miedo, incertidumbre e indignación está palpable entre la población, que se enfrenta a una guerra que parece estar cada vez más cerca.
Las alarmas se volvieron a activar el viernes, con informes sobre un nuevo ataque en pleno desarrollo. El alcalde de Moscú, Serguei Sobyanin, confirmó que se habían derribado 36 drones y se esperaba que los equipos de emergencia trabajaran durante todo el día para gestionar los restos de los ataques. En los aeropuertos, los retrasos y cancelaciones de vuelos se hicieron evidentes: alrededor de 60 salidas se vieron afectadas.
Los residentes de Moscú, cada vez más ansiosos, comparten relatos inquietantes. Muchos reportan un “terrible estallido” a primera hora de la mañana, y la desinformación se mezcla con la necesidad de conocer qué medidas tomar en caso de emergencia. Mientras tanto, la línea entre lo que se considera normal y lo que no parece diluirse con cada nuevo ataque.
Como el conflicto continúa evolucionando, Moscú parece estar atrapada en una angustiante dinámica de agresión y defensa. La imagen de drones sobrevolando la ciudad y el ecos de sus explosiones son recordatorios constantes de la guerra que ya no se libra solo en las fronteras, sino también en el corazón de la capital. En un contexto donde la información es controlada, el desafío es evidente: la verdad es el primer costo de la guerra.
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