En el contexto devastador que sigue a los recientes terremotos en Venezuela, un escenario caótico e inquietante ha emergido en La Guaira, un estado costero vecino a la capital, Caracas. Apenas terminó de temblar la tierra, cuando la zona comenzó a reportar robos y saqueos masivos, sumergiendo a los afectados en una nueva crisis.
La Guaira se ha convertido en un paisaje de escombros y desolación, donde las denuncias de furia y desesperación son cada vez más frecuentes. Los testimonios reflejan una realidad impactante: en un video que ha circulado en las redes sociales, un grupo de personas es observado pasando cajas de electrodomésticos desde una tienda colapsada. Otros videos muestran cajas apiladas sobre techos de vehículos, señalando un descontrol absoluto.
Además, las acusaciones se extienden hacia policías y militares que, supuestamente, han estado robando tanto en viviendas como a los fallecidos. Una sucursal de la cadena de farmacias Farmatodo y varios supermercados han sido desvalijados, lo que ha llevado a algunos a cuestionar la moralidad de las acciones en medio de la tragedia. La situación ha sido descrita por algunos como un “turismo de la desgracia”, mientras que otros vinculan los actos a un hambre feroz y a la necesidad extrema que acosa a la población, ya asolada por una crisis crónica.
María Esther Bernal, una residente de 71 años, lamenta la pérdida total, indicando que no quedó ni el papel en las paredes de los locales que alquilaba a comerciantes chinos, todos saqueados. El dolor se acentúa al revelar que algunos, incluso, pasaron “por encima del muerto para saquear”.
La ira popular se siente en el aire. La periodista de AFP, presente en la escena, ha constatado saqueos que comenzaron en La Guaira desde el jueves. Jenifer Mayora, de 34 años, defiende su posición diciendo que lo que se ha apoderado es por el “privilegio” dado por los dueños de las bodegas, mientras reclama la escasa ayuda de las autoridades, quienes han sido criticadas por su lentitud en responder a una situación que ya ha dejado 1.450 muertos y decenas de miles de desaparecidos.
En un paisaje donde la desesperación es palpable, los ciudadanos han reclamado no solo por los esfuerzos de rescate, sino también por el mantenimiento de la seguridad y la provisión de alimentos, agua y medicinas. En respuesta, el gobierno ha decidido militarizar la zona y restringir el acceso a un salvoconducto que debe tramitarse con las fuerzas militares en Caracas.
La devastación ha dejado hogares desbastados. Zulay de Carvajal, de 72 años, afirma que “nos robaron todo: ropa, utensilios, ollas, tazas” en un barrio donde el ambiente de saqueo continúa. Su hijo, Gregory, añade que estaban extrayendo cadáveres mientras otros estaban robando a su alrededor, una imagen trágica de la desesperación humana en situaciones límite.
Este ciclo de saqueos no es desconocido para La Guaira, que ya había enfrentado una crisis similar en 1999, cuando las lluvias y deslaves causaron la muerte de más de 10.000 personas. La historia parece repetirse; Marino Alvarado, excoordinador de una ONG de derechos humanos, señala que tres fenómenos emergen en medio de la catástrofe: la delincuencia, el abuso policial y la participación de funcionarios en los saqueos.
En medio de esta ola de desesperación, un pequeño rayo de esperanza surge de la comunidad. Tras el saqueo de una de las sucursales de Farmatodo, los vecinos se unieron para limpiar el lugar y convertirlo en una clínica de atención primaria. Este acto de solidaridad resalta la resiliencia de la comunidad en tiempos de adversidad, mientras el eco de la tragedia resuena profundamente entre sus habitantes.
Esta devastadora crisis en La Guaira no solo pone en evidencia la fragilidad del tejido social, sino que también plantea serias preguntas sobre la responsabilidad del estado y la necesidad urgente de intervención en momentos de crisis. A medida que las autoridades enfrentan la presión de una población que no oculta su desesperación, el camino hacia la reconstrucción se torna incierto, marcado por la lucha por la supervivencia en un contexto de caos absoluto.
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