Las estaciones de servicio en Rusia se han visto desbordadas por filas interminables de vehículos, resultado de la reciente escasez de combustible. Este fenómeno ha sido provocada por una serie de ataques con drones provenientes de Ucrania, que han impactado severamente diversas refinerías a lo largo del país. Las consecuencias son palpables: los precios de la gasolina han empezado a escalar nuevamente, generando preocupaciones sobre la inflación y el bienestar cotidiano de la población.
En la última semana de junio de 2026, el precio promedio del litro de gasolina se incrementó un 1,7%, alcanzando los 72,38 rublos (aproximadamente 0,93 dólares). Por su parte, el diésel experimentó un aumento del 2,3%, que lo llevó a 84,84 rublos (1,09 dólares) por litro. Estas alzas son parte de un contexto más amplio, puesto que se ha registrado un incremento notable en los costos a raíz de más de 50 ataques a instalaciones petroleras rusas desde el inicio del año. Este escenario refleja el impacto tangible de la guerra, llevando la crisis a las vidas de los ciudadanos, quienes han comenzado a expresar su frustración ante la falta de combustible.
A fines de junio, un sorprendente 90% de las regiones de Rusia reportaron algún tipo de racionamiento de combustible o interrupciones en el suministro. Testimonios en redes sociales dan cuenta de una creciente incertidumbre, particularmente en Siberia, donde hasta se han colocado baños portátiles para los automovilistas que esperan en largas colas. Este desabastecimiento inesperado resuena en el imaginario de los rusos, un país que históricamente ha sido uno de los mayores productores de energía a nivel mundial.
El presidente Vladimir Putin ha reconocido la situación, mencionando que persisten problemas para automovilistas y empresas. Sin embargo, a pesar de su reconocimiento, ha tratado de minimizar la crisis al calificarla de “temporal” y “no crítica”. Esta dichosa percepción ha chocado con la realidad vivida por muchos ciudadanos, quienes dudan de la capacidad del gobierno para gestionar esta problemática.
En los últimos meses, la ofensiva ucraniana ha acentuado su enfoque en la infraestructura energética rusa. Desde marzo hasta junio, se contabilizaron más de 50 ataques a refinerías, depósitos y terminales de combustible, con algunos de estos lugares siendo alcanzados hasta en múltiples ocasiones. Uno de los episodios más notorios tuvo lugar en San Petersburgo, donde un ataque coincidió con un evento importante en el que Putin estaba a punto de inaugurar su foro económico anual.
Las repercusiones no se han hecho esperar. En junio, la producción de crudo refinada cayó un 25% en comparación con el año anterior, alcanzando un mínimo de 3,95 millones de barriles diarios. La producción de gasolina también disminuyó, cayendo un 17% hasta 850,000 barriles diarios, una cifra que resulta insuficiente para satisfacer la demanda interna, ya que Rusia exporta únicamente una pequeña parte de su producción.
El desabastecimiento ha comenzado a extenderse a regiones alejadas del conflicto, como Omsk y Zabayakalye, zonas donde no han ocurrido ataques directos. En Omsk, las autoridades han limitado la venta de combustible a 40 litros por vehículo, sorprendiendo a los habitantes que estaban acostumbrados a acceder a combustible sin restricciones.
Ante esta situación, el Gobierno ruso ha tomado medidas restrictivas para estabilizar el mercado, restringiendo la exportación de gasolina y combustible de aviación, además de considerar prohibiciones similares para el diésel. Las autoridades también han instado a los automovilistas a evitar el acaparamiento y a repostar solo cuando sea necesario, mientras se plantean posibilidades de importar combustible de países aliados.
Aunque la crisis actual podría ser calificada de temporal por las autoridades, las imágenes de las estaciones de servicio llenas de vehículos y las colas que se forman a diario revelan una realidad que muchos rusos ya no pueden ignorar. Este episodio resalta la vulnerabilidad de la economía rusa ante los efectos de un conflicto que trasciende el campo de batalla, afectando directamente la rutina y el bienestar de su población.
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