En materia de seguridad pública en México estamos llegando a la peor pesadilla, algo que los ajedrecistas conocen como Zugzwang: aquella situación en la que todo posible movimiento solo empeora la condición en la que nos encontramos. Las comunidades de la sierra y la selva tienen todo el derecho de defenderse como puedan de los cárteles del crimen organizado que les quitan sus tierras, se llevan a sus hijos para ser reclutados como sicarios o a sus hijas para ser violadas.
Primero la vida, antes que el respeto a un orden legal o una justicia incapaz de protegerlos. Frente a la disyuntiva de abandonar sus pueblos, cosa que varios miles están haciendo, otros han decidido defenderse con las armas en la mano.

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Pero también tiene razón el presidente Andrés Manuel López Obrador cuando afirma que el recurso de organizarse en grupos de autodefensa ha fracasado una y otra vez. Sea porque terminan infiltrados o prostituidos por los propios cárteles o derivan en conflictos violentos entre las propias comunidades y sus litigios ancestrales.
Por no hablar de los muchos atropellos que supone un grupo armado erigido en juez improvisado al interior de una comunidad. Las experiencias de hace una década de los grupos formados en Michoacán, tanto en municipios de la sierra como en las barrancas de Tierra Caliente, terminaron todas ellas en lucha fratricidas entre sus líderes, en cacicazgos violentos o convertidos en brazos armados de un cártel, rival del que los atosigaba originalmente.
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No es menor el esfuerzo que el Estado mexicano está haciendo para mejorar las condiciones de la población en la que el narco recluta su ejército de sicarios; y tampoco puede minimizarse, por más que resulte polémico, la inversión en recursos y atención para aumentar su capacidad de fuego y su organización frente a los criminales. Pero evidentemente eso no alcanza para comunidades que se encuentran en llamas.
Algo tendría que hacerse antes de que la estrategia de autodefensa sea la única alternativa viable y el territorio se pueble de organizaciones paramilitares, por más que remiten a causas legítimas y entendibles. Se requiere un esquema inmediato y de corto plazo en las zonas violentas. No basta con señalar que se está trabajando en las causas y los resultados y que a la larga se conseguirá la paz, porque esa será la paz de los sepulcros. Otra vez, los comuneros bien podrían decir con Keynes: “al largo plazo todos estaremos muertos”.



