El reciente fin de la Agencia Espacial Mexicana ha dejado un vacío en el ámbito espacial del país, pero también ha sembrado las semillas de una nueva era de innovación. Aunque la agencia ya se encontraba en una situación crítica debido a la falta de presupuesto, el impacto de su desaparición no ha impedido que México participe de manera significativa en la misión Artemis II de la NASA, que tiene como objetivo llevar a la humanidad de regreso a la Luna.
Una curiosa coincidencia se presenta al observar que el cohete de la misión está decorado con el color cempasúchil, un símbolo de la cultura mexicana. Pero más allá de los guiños culturales, el ingenio y trabajo de mexicanos está presente en la nave Orión, la cual estará pilotada por astronautas. El director del proyecto, Luis Saucedo, es un mexicano que ha sido clave en este esfuerzo.
Para comprender cómo llegamos a este punto, es importante retroceder a 2017, cuando Ildefonso Guajardo, entonces secretario de Economía, inauguró un Centro de Investigación y Desarrollo para Honeywell, una inversión de cinco millones de dólares que pareció pequeña en su momento, pero que ha tenido grandes repercusiones en el desarrollo tecnológico del país. Este movimiento estratégico resalta un concepto fundamental: las pequeñas inversiones pueden generar rendimientos significativos a largo plazo, algo que muchas veces se pierde de vista en la política mexicana.
Marcelo Ebrard, quien también ha destacado en el ámbito de la disrupción tecnológica, fue responsable de que México se uniera al programa Artemis en 2021, tras la invitación de la vicepresidenta Kamala Harris. Desde entonces, Honeywell ha ampliado sus operaciones en México, estableciendo un nuevo centro en Mexicali, lo que subraya la creciente presencia del país en este campo. Hoy, la empresa juega un papel crucial en la misión Artemis II, aportando 14 tipos de hardware y software esenciales para la nave espacial y sus cohetes.
Por su parte, Boeing, encargado de la etapa central del cohete de Artemis, trabaja con 26 proveedores mexicanos, muchos de los cuales están localizados en Chihuahua y Querétaro, fabricando componentes cruciales para el programa. Además, Safran, un socio clave de Boeing y Lockheed Martin, tiene más de 20 instalaciones en México donde más de 200 ingenieros trabajan en el diseño y desarrollo de sistemas para lanzadores pesados.
Pese a la ausencia formal de un programa espacial nacional, la realidad es que México se está posicionando en la industria aeroespacial global, similar a su trayectoria en la automotriz y aeronáutica. La diferencia es que, esta vez, los mexicanos están participando activamente en investigación y desarrollo. Sin embargo, surge una pregunta crítica: ¿cómo podrá el país generar su propia tecnología? Para ello, se requiere de una política industrial sólida y un compromiso financiero, recursos que a menudo escacean por el miedo al riesgo entre inversionistas locales.
En conclusión, el panorama actual sugiere que la industria espacial no es solo una proyección futura, sino una realidad presente en la que México juega un papel relevante. La Cámara de Comercio de Estados Unidos ha afirmado que Artemis imprimirá un nuevo impulso al regreso de las naciones al espacio profundo, y México, por sus circunstancias únicas, está involucrado en esta emocionante travesía.
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