El fenómeno de las bandas nace, crece y se reproduce a la par y al ritmo de las migraciones. En España surgieron con los movimientos migratorios procedentes de Ecuador, primero, y de República Dominicana, después. Países donde las pandillas violentas de jóvenes están muy asentadas. Se trata de un tipo de delincuencia (riñas tumultuarias, robos con fuerza, tentativas de homicidio, homicidios…). Que en los cómputos policiales describen la forma de “picos de sierra, porque sube y baja”, señalan los agentes especializados.
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Pero ahora las bandas vuelven a vivir un nuevo “pico de sierra”, que se acentúa en la época estival: “Centenares de menores ―las estimaciones policiales hablan de entre 350 y 400 chavales―, principalmente españoles de origen dominicano, están siendo captados por las bandas, cada vez son más pequeños, de 11 y 12 años, e inimputables”, coinciden policías, trabajadores sociales y representantes de la iglesia evangélica, adonde acuden las madres solas y desesperadas ante la ausencia de salidas para sus hijos descarriados. Todas estas voces, y las de varios expandilleros contando su vida dentro de estas organizaciones, aparecen en el videorreportaje que acompaña a este texto.
El problema de las “bandas violentas de carácter juvenil” ―como se definen legalmente― empieza a identificarse a principios de este siglo en nuestro país, “concretamente en Madrid, donde se instalan buena parte de los inmigrantes latinoamericanos”, con los Latin King y los Ñetas, ambos formados por grupos de jóvenes ecuatorianos e históricamente bandas rivales, que hoy “están prácticamente extintas porque aquellos chavales ya son adultos”, apuntan las mismas fuentes policiales.
Dominican Don´t Play (DDP) y Trinitarios se disputan a machetazos el territorio y el poder en los barrios de Usera, Villaverde o Tetuán en Madrid.


