La gobernadora del Banco de México, Victoria Rodríguez Ceja, ha hecho ruido nuevamente con un comunicado que evoca a entrevista, donde acaba estableciendo su postura personal como si fuera la del propio banco. Sin embargo, quienes realmente toman decisiones económicas parecen haber descifrado el juego que se está jugando, en una atmósfera de creciente desprecio por las autonomías y concentración de poder.
La reciente promesa de recortes en la tasa de interés, justo cuando la inflación subyacente alcanzó un 4.52% anual en enero, parece desafiar toda lógica. Se esperaría, en cambio, que la línea de comunicación se centrara en la firmeza para mantener el poder de compra, en lugar de suavizar la situación económica. No es fácil explicar el dato inflacionario más reciente como un mero bache estadístico, sobre todo cuando el mismo Banco de México ha tenido que ajustar sus pronósticos sobre la convergencia inflacionaria en más de diez ocasiones desde 2021.
Su última previsión indica que, en el mejor de los casos, se alcanzará una inflación del 3% para la segunda mitad de 2027. Mientras tanto, la Secretaría de Hacienda busca reducir sus costos de financiamiento, pero lo que realmente necesita el Banco de México es que el mercado confíe en su compromiso de ser implacable con la inflación, una tarea complicada con tasas de interés que apenas llegan a un punto neutral.
A este panorama se añade un fallo de comunicación. La meta del índice nacional de precios al consumidor es del 3%, no del 3.79% que se reportó en enero. Si el banco central comunicara su posición de manera más contundente y autónoma, podría permitir cierta flexibilidad monetaria, pero el enfoque actual parece más alineado con la estrategia del gobierno fiscal que con los principios de independencia del banco.
La analogía es clara: si la inflación fuera un autobús, el Banco de México no es el conductor que lidera la dirección, sino un pasajero que corre detrás, observando cómo se aleja la estabilidad inflacionaria. Este desliz, por no haber establecido una guía firme, plantea una pregunta crucial: ¿cómo puede el mercado confiar en una institución que parece complaciente con metas que indefectiblemente parecen estar siempre en el futuro?
La complacencia del banco no se mide simplemente en décimas por encima de la meta inflacionaria; el verdadero costo radica en el desanclaje de las expectativas inflacionarias que se logró estabilizar durante años. El gobierno federal enfrenta serios problemas, desde un déficit elevado hasta una deuda pública que ya sobrepasa el 55.8% del Producto Interno Bruto, pero estos son asuntos que no deberían repercutir en el Banco de México.
Es claro que la credibilidad es el único activo real de un banco central. Sin ella, la inflación puede convertirse en un impuesto permanente que afecta a aquellos con menos recursos, ya que las tasas de interés pierden eficacia. Este es un reto que deberá abordarse urgentemente, pues la confianza en la institución se tambalea en medio de un entorno económico complicado.
(Actualización: Datos corresponden a 2026-02-09.)
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.


