Este año, la notable Whitney Biennial explora un concepto intrigante: “los Estados Unidos mayores”, un término acuñado por el historiador Daniel Immerwahr en su obra How to Hide an Empire. Este concepto abarca no solo los 50 estados de la nación, sino también los territorios ocupados, anexiones, bases militares y países bajo influencia estadounidense. Immerwahr ha señalado que términos como “colonia” y “imperio” han sido esquivados por los funcionarios desde la Segunda Guerra Mundial, lo que revela una faceta fascinante de la retórica política moderna.
Con la conmemoración del 250 aniversario de la nación, la Bienal de 2026 toma una mirada intencionada más allá del “mapa de logos”, otra noción de Immerwahr que simboliza la forma geográfica que la mayoría de las personas asocia con “los Estados Unidos”. Los comisarios, Marcela Guerrero y Drew Sawyer, han incluido artistas originarios de Okinawa, Vietnam, Irak y Afganistán, así como de Chile, donde Estados Unidos llevó a cabo intervenciones clandestinas. También se destacan territorios actuales y antiguos como Puerto Rico y Filipinas, además de Palestina, donde la ayuda estadounidense contribuye a un contexto de crisis humanitaria. En un momento decisivo, el noticiero informó sobre un ataque aéreo que resultó en la muerte del líder supremo de Irán, Ali Khamenei, resaltando la relevancia de la intervención estadounidense en conflictos internacionales.
Sin embargo, este evento artístico aborda más que sólo el origen de los artistas. Al desplazar la conversación de la identidad hacia la infraestructura, la Bienal permite que la política identitaria conduzca a la organización y al cambio material. A través de las obras, los artistas abordan sistemas económicos, de creencias, familiares, ecológicos, energéticos, de cadenas de suministro, de salud, institucionales, legales y cívicos. Un argumento común en la exhibición es que todos estos sistemas están en decadencia.
Algunas de las obras más destacadas incluyen el video de Ignacio Gatica, Sanhattan (2025), que presenta un recorrido por el distrito financiero de Santiago, Chile, una reflexión sobre cómo las intervenciones estadounidenses han modelado las estructuras neoliberales presentes en la región. Por otra parte, la serie Moon Sightings (2024) de Aziz Hazara, que utiliza imágenes nocturnas, plantea inquietudes sobre lo que se induce a ver y lo que se oculta en contextos de conflicto, aludiendo a técnicas de reconocimiento utilizadas durante las intervenciones bélicas.
Los artistas presentes han logrado, en sus diferentes formas, hacer palpable la forma en que las infraestructuras operan detrás de escena, muchas veces invisibles hasta su colapso. Por ejemplo, el sonido de las señales de advertencia de fracking transformadas en vibraciones por Sung Tieu permite a los espectadores sentir el peligro de una manera visceral. En el caso de Basel Abbas y Ruanne Abou-Rahme, su instalación inmersiva narra el genocidio en Gaza desde una perspectiva humana individual, en la que los números ceden a las historias.
A lo largo de la Bienal, se observa una variedad de enfoques que buscan desarmar y alegrar, con obras que oscilan entre lo lúdico y lo crítico. Artistas como Pat Olezsko y Precious Okoyomon presentan elementos que brindan un alivio emocional en medio de una narrativa de crisis. Un hilo conductor conmovedor es el enfoque en redes de cuidado, ejemplificado por Emilie Louise Gossiaux, quien rinde homenaje a su perro guía fallecido a través de obras que celebran la relación entre ellos. La exhibición también incluye las obras de Andrea Fraser y su madre, Carmen de Monteflores, quienes exploran la relación madre-hija mientras critican el trato a las artistas mujeres en el ámbito institucional.
El desafío central que plantea la Bienal es cómo atender las necesidades de cuidado en un contexto donde la crueldad y deshumanización se convierten en norma a medida que las exigencias de la infraestructura se expanden. La exposición presenta un contraste entre la intimidad del cuidado personal y las demandas sistemáticas de la vida moderna, cuestionando la viabilidad de tales aproximaciones.
Ante este panorama, la cuestión que persiste es la solución a estas estructuras perniciosas. Daniel Chew, miembro de CFGNY, sugiere que “todos han llegado a entender que todo está algo cooptado”, proponiendo que la colaboración podría ser una respuesta efectiva. Sin embargo, en la Bienal también resuenan las voces que sugieren la necesidad de imaginarnos revoluciones y alternativas al sistema actual.
Mientras estas conversaciones se desarrollan, la Bienal de 2026 plantea un reflejo crítico de los sistemas en los que vivimos. La exhibición busca recordar que, aunque los imperios caen, también surgen nuevas oportunidades para el cambio y la colaboración en la esfera artística e institucional.
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