No sabemos qué será Brasil después de este 7 de septiembre. Es como si viviéramos una cuenta atrás hacia algo mucho peor que lo que ya vivimos. El “nosotros”, aquí, es el nosotros que no contemporiza con el genocidio, ni con la destrucción de la Amazonia ni de otros ecosistemas, ni con el crimen de desvío de dinero en la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro, ni con la corrupción en la compra de vacunas, ni con la diseminación del coronavirus para generar la “inmunidad de rebaño”, ni con el exterminio de la democracia, ni con saltarse la Constitución. Los que no somos bolsonaristas ni antes de Bolsonaro, ni con Bolsonaro ni después de Bolsonaro. Una vez establecido el “nosotros”, ¿qué tenemos para hoy?
Bolsonaro es perezoso. Tiene alergia al trabajo, como ya había demostrado a lo largo de casi 30 años como diputado, durante los cuales estuvo chupando dinero público sin aprobar un solo proyecto relevante para Columna Digital, y como siguió demostrando al llegar a la presidencia. A Bolsonaro le gusta gritar y hacer un arma con la mano por las calles y las redes sociales. Sembrar el odio, en una campaña permanente para mantenerse primero en el Congreso y ahora en el Gobierno. Nadie ha cobrado tanto solo despotricando y promoviendo la violencia, la destrucción y la muerte.
Más información
Bolsonaro posiblemente es corrupto. Hay indicios sólidos para sospechar que Bolsonaro enchufó a sus hijos en la política para que ganaran dinero para el clan. Es adonde apuntan todas las investigaciones sobre la trama delictiva conocida como rachadinha implantada en los gabinetes de sus hijos, donde supuestamente se desviaba el sueldo de varios empleados fantasma, colaboradores vinculados a la familia Bolsonaro, que actuaba como si fuera una organización criminal.
Bolsonaro está muy vinculado a las milicias, mafias paramilitares de Río de Janeiro. Hay declaraciones públicas de él y de sus hijos alabando a notorios milicianos. Asesinos, por supuesto. Hay medallas otorgadas a los milicianos asesinos. Hay conversaciones, hay actos y hay hechos. Su elección aceleró la conversión de parte de la policía en milicias, como se ha puesto de manifiesto en varios episodios de los últimos dos años y en la reciente adhesión a las manifestaciones golpistas del 7 de septiembre.
Más Información
Bolsonaro cuenta con el apoyo de los mayores destructores de la Amazonia y otros ecosistemas, así como de sus pueblos: grileiros (ladrones de tierras públicas, recientemente beneficiados con la aprobación de la “Ley de Grilagem” en la Cámara de los Diputados), mineros ilegales, madereros y agentes de empresas transnacionales. Al “hacer pasar todo el ganado”, debilitando y militarizando los controles, incitando a la invasión de tierras públicas protegidas, creando proyectos de ley que permiten el avance sobre las áreas de conservación, todo ello apoyado por el amplio lado podrido del Congreso vinculado a la agroindustria.
Bolsonaro aceleró la escalada de la mayor selva tropical del mundo hacia el punto sin retorno. Los estudios más recientes ya muestran que la selva emite más carbono del que absorbe, lo que significa que la Amazonia empieza a convertirse en un problema más que en una solución para el colapso climático provocado por la acción humana.
Más Información
Bolsonaro lideró la ejecución de un plan para propagar el coronavirus para, supuestamente, obtener la “inmunidad de rebaño”. La acción genocida la demostró el estudio de más de 3.000 normas federales que realizaron la Universidad de São Paulo y la ONG Conectas Derechos Humanos. El resultado, hasta la fecha, es casi 600.000 vidas menos, casi 600.000 personas que echan en falta quienes las querían, casi 600.000 personas que echa en falta el país.
Cuando Brasil alcanzó el medio millón, los estudios realizados por el epidemiólogo brasileño Pedro Hallal, de la Universidad Federal de Pelotas, señalaron que podrían haberse evitado más de 400.000 muertes si el Gobierno de Bolsonaro hubiera aplicado medidas de prevención. De esas, 95.000 podrían haberse evitado si el Gobierno hubiera comprado vacunas cuando se las ofrecieron. Eso equivale a toda la población de una gran ciudad. A la Corte Penal Internacional han llegado varias comunicaciones contra Bolsonaro por delitos de genocidio y exterminio, al menos una de ellas procedente de la derecha.
Más Información
Bolsonaro debería haber sido condenado por la Justicia Militar cuando planeó un atentado terrorista en el que haría explotar bombas en cuarteles. No lo fue. Bolsonaro debería haber sido responsabilizado penal y/o políticamente por diversas manifestaciones racistas, homófobas, misóginas y de incitación a la violencia que realizó durante sus diversos mandatos como diputado. No lo fue. Bolsonaro debería haber sido responsabilizado penal y políticamente cuando hizo apología de la tortura y del torturador durante la apertura del impeachment de la expresidenta Dilma Rousseff. No lo fue. Bolsonaro ya debería estar siendo juzgado por genocidio en los tribunales brasileños, pero, protegido por Augusto Aras, el fiscal general de Bolsonaro que avergüenza a la República, no lo está (todavía). Bolsonaro ya debería estar sometiéndose a un juicio político, exigido por más de un centenar de solicitudes, archivadas por los dos últimos presidentes de la Cámara de los Diputados. No lo está.
Bolsonaro fue gestado por las deformaciones históricas de Brasil, especialmente el racismo estructural y la impunidad por los crímenes de la dictadura cívico-militar (1964-85). Así, desde 2019, por todas las acciones y omisiones de las élites del país, Brasil está gobernado no solo por el peor presidente de la historia de nuestra democracia de sollozos. Sino por uno de los peores seres humanos de todos los tiempos, y eso que tiene mucha competencia. Bolsonaro se ha comportado en la vida pública como un criminal compulsivo. Y Bolsonaro es peligroso. Brasil hoy está gobernado por un hombre muy peligroso. Y este 7 de septiembre está decidido a mostrar todo el potencial de su odio hacia todo lo que no sea él mismo.


