Sinuosos muretes de piedra volcánica negra redibujan la topografía abrupta de un cerro, sobre el que refulge una ciudadela blanca como el marfil. Un collage de arcos, columnas, pirámides, obeliscos y cúpulas componen lo que parece el decorado de una superproducción de la Era Dorada de Hollywood, una recreación de la Grecia Antigua que se recorta sobre un cielo azul oceánico. Un pastor aparece sentado junto a un árbol y, como Adán recién expulsado del Paraíso, mira hacia esa Arcadia onírica mientras sueña con ser un erudito con traje de lino beis como los que moran en su interior.
Los óleos que Carl Laubin pintó para ilustrar Atlantis, la ciudad que Leon Krier (Luxemburgo, 75 años) proyectó en 1987 en la isla de Tenerife, nos acercan a una visión de la arquitectura desafiantemente anacrónica. Una recuperación de cierta idea del clasicismo que va mucho más allá de la ironía posmoderna que practicaban muchos de sus coetáneos. Atlantis, como todo el discurso de Krier, iba muy en serio.
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El Nuevo Urbanismo surgió a principios de los ochenta como respuesta al modelo de desarrollo de posguerra: ciudades dispersas y zonificadas que nos obligan a dormir, trabajar, comprar y divertirnos en lugares muy separados entre sí, y a desplazarnos grandes distancias para llevar a cabo tareas cotidianas. “Esta segregación geográfica supone un catastrófico desperdicio de tiempo, espacio y energía. ¡Es profundamente insostenible!”, se lamenta Krier.
“Las ciudades tienen unas dimensiones óptimas, tenemos que limitar su tamaño y reorganizarlas en barrios de uso mixto completamente autosuficientes”. El ideal son los centros históricos de las urbes europeas, densos y diversos, funcional y tipológicamente, donde todas las necesidades rutinarias están a minutos de distancia, a pie o en bicicleta. Un principio que están explorando planes de regeneración urbana de capitales como París y Barcelona.
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Una de las primeras ciudades construidas de acuerdo con los preceptos del Nuevo Urbanismo fue Seaside, en Florida, fundada en 1981 e inspirada en la idílica perfección de las poblaciones costeras americanas: casas unifamiliares de madera y tejado a dos aguas, una estricta paleta de colores –blanco, pastel–, y abundantes jardines y espacios públicos. Krier colaboró como asesor en el desarrollo del plan urbanístico y con el diseño de su propia casa. En 1998, el cine convirtió Seaside en Seahaven, el inmenso decorado el que se desarrollaba El Show de Truman, distopía televisiva protagonizada por Jim Carrey.
A este lado del Atlántico, los planteamientos de los nuevos urbanistas atrajeron a Carlos de Inglaterra, detractor de la arquitectura moderna que se ha posicionado abiertamente contra la obra de reputados arquitectos como Richard Rogers, Norman Foster o Rafael Viñoly, y ha calificado el proyecto para la ampliación de la National Gallery de Londres como “un monstruoso forúnculo en el rostro de un buen amigo”.
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