Caeleb Dressel echó mano de un truco del campeón para salir del atolladero de los últimos 10 metros y ganar la final de 100 libre más rápida de la historia con una marca de 47,02s. Sin respirar, apretando los dientes y empujándose con una sucesión de brazadas de emergencia que le mantuvieron a salvo de Chalmers y Kolesnikov, el líder de la natación estadounidense tocó la placa en 47,02s, cuarta mejor marca de siempre, y se aferró al oro en la prueba que conecta a los nadadores con la leyenda más profunda del olimpismo. Las cuentas de Popov, Spitz, Schollander, Weissmuller y Kahanamoku se unieron a la de Dressel en el hilo del collar del campeón del 100. Fue el primer oro del estadounidense en prueba individual en los Juegos de Tokio y debió saberle a liberación.
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La expresión de desconcierto, el mareo, el miedo, el alivio, prevalecieron sobre la felicidad en el instante en que se volvió para mirar el marcador y se aferró a la corchea como un náufrago al madero. Doble campeón mundial de la distancia, Dressel cargaba sobre sus hombros la inmensa responsabilidad de salvar su reputación y recuperar al equipo de Estados Unidos de una fase de incertidumbre. Lo consiguió en una prueba sobrecargada de amenazas. Que su primer largo no fuera tan rápido como de costumbre pudo conducirle a la ruina o a la salvación, según cómo administrase la energía y cómo templase los nervios.
Saltó antes que nadie. Más lejos que nadie. Y tocó la pared del 50 antes que nadie. Eso no cambió. Lo que debió resultarle novedoso fue descubrir que al emerger del nado subacuático en la línea de 15 metros llevaba enganchado un extraño en el hombro derecho. Kliment Kolesnikov había salido casi tan rápido como él. Considerando que el ruso acaba mejor que empieza, Dressel debió calcular que le aguardaba un desenlace apretado. El australiano Kyle Chalmers, campeón en Río, poseía el mejor remate del mundo.
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Nadie, en los registros de Juegos y Mundiales, ha nadado el segundo 50 de las carreras de 100 como Chalmers. Ganó el oro en Río con un tiempo de 47,58s y una vuelta en 24,44 segundos, y en Tokio pasó en tercer lugar por el viraje, cobró impulso en el retorno y estuvo a punto de dar el zarpazo por la misma vía. Llegó a los últimos 15 metros lanzado y completó el segundo largo en 24,37s. Durante unos instantes, la balanza de la final osciló sin dueño. El margen de medio metro conquistado por Dressel en el primer 50 se acortó hasta quedarse en unos centímetros, o tal vez en nada.
El tiempo repica en la mente de cada nadador. La obsesión por el cálculo, por la cuenta de cada centésima, los atrapa a todos por igual. El estrés al que se someten para preparar unos Juegos en ciclos de cuatro años acaba por agotar toda su energía. Kolesnikov, con 21 años, puede soñar con llegar a París 2024 en plenitud. Chalmers, con 23, goza de la serenidad que le confiere el prestigio de poseer el título de campeón. Toda la presión de la final fue para Dressel, que a sus 24 años sentía que había llegado el momento irrevocable. Ahora o nunca.


