El candombe, la rica expresión musical afrodescendiente de Uruguay, ha vivido un renacimiento sorprendente. Históricamente marginado y hasta prohibido, este género ha logrado trascender barreras sociales y culturales. En 2026, el candombe está alcanzando su cúspide, mientras se asegura un lugar destacado en la escena musical del país.
Originario de las comunidades afro-uruguayas en Montevideo, candombe ha evolucionado, extendiéndose a lo largo de Uruguay, donde el 10% de sus 3.5 millones de habitantes se identifica como afrodescendiente. Un ejemplo de esta vitalidad es el grupo musical Rueda de Candombe, que ha atraído a más de 2,000 personas cada lunes con su repertorio íntegramente nacional y arraigado en ritmos afro-uruguayos. Claudio Martínez, uno de sus percusionistas, señala un “punto de inflexión” en la historia de este género.
La popularidad del candombe resalta no solo en las calles, sino también en la música de artistas reconocidos. Jorge Drexler, el primer artista latinoamericano en ganar un Oscar por una canción original en 2005, ha integrado candombe en su nuevo álbum, “Taracá”, programado para lanzarse el 12 de marzo. “Candombe tiene la habilidad de construir puentes entre las personas,” afirma Drexler, quien celebra su crecimiento en un país que solía discriminarlo.
A pesar de su estatus actual, el camino del candombe ha sido complicado. Durante los siglos XVIII y XIX, se tocaba en secreto y solo en ciertas fiestas autorizadas, con restricciones impuestas por las autoridades. Como revela Martínez, esta lucha por la aceptación se desarrolla en los mismos espacios donde anteriormente se reprimía la música: “En este lugar, bailamos y disfrutamos con descendientes de quienes nos denunciaban”.
El candombe no solo es una forma de arte, sino un legado cultural que se remonta a más de 200,000 africanos esclavizados traídos a Uruguay. Su nombre, se presume, proviene de lenguas bantúes, simbolizando una profunda conexión con su herencia. Aunque la música en ocasiones se complementa con otros instrumentos como la guitarra o el acordeón, los ritmos característicos dependen de tres tambores: el piano, chico y repique, cada uno con un sonido único que permite un diálogo musical definido.
El reconocimiento del candombe como patrimonio cultural no fue inmediato. En 2006, se formalizó su protección bajo la ley nacional, y en 2009, la UNESCO lo declaró patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Sin embargo, su creciente popularidad también presenta desafíos. La producción de candombe ha visto a un número creciente de músicos no afrodescendientes involucrarse en su representación, como observa el artista Tomás Olivera Chirimini, quien advierte que “más de la mitad de lo que se hace hoy es de personas blancas”.
La preocupación de algunos artistas, como la percusionista y feminista afro-uruguaya Chabela Ramírez, es que el candombe podría enfrentar un destino similar al del tango argentino, cuyas raíces africanas son a menudo ignoradas. “Candombe no debe verse solo como entretenimiento; su origen es resistencia y espiritualidad,” argumenta Ramírez, reforzando la idea de que esta música es un medio de comunicación heredado de tiempos de opresión.
En este momento, mientras Uruguay abraza su candombe con orgullo, también se posiciona ante el reto de asegurarse de que este patrimonio cultural siga siendo auténtico y representativo de sus raíces afrodescendientes. En definitiva, el candombe no es solo música; es un vibrante recordatorio de la historia, la resistencia y la identidad cultural de un pueblo que sigue reencontrando su voz.
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