Encerrados en una isla paradisiaca, huidos de un congreso internacional, cuatro dentistas (tres hombres y una mujer) devienen en reflejo brutal de las miserias emocionales. “Bueno, el ser humano es así”, cuenta el creador de ese microcosmos, Carlos Cuarón (Ciudad de México, 54 años), de los personajes de su tercer largometraje, Amalgama, que concursa en la sección oficial del festival de Málaga. “Como en los buenos dramas, ellos son héroes y villanos de sí mismos. Y enseñan el absurdo de la condición humana”.
El cineasta asegura que las historias solo pueden emanar de los personajes, como ha luchado por mostrar en su carrera como productor, como guionista —en solitario o con otros colaboradores, como su hermano Alfonso, con el que coescribió Solo con tu pareja y Y tu mamá también— y como director —Rudo y Cursi (2008) y Besos de azúcar (2013)—: “Deben tener cuerpo, huesos y alma. Si falta algo, no se sentirán humanos”. Y esos dentistas lo son. “El tema principal de la película es el dolor. Y si dices en alto dentista, todo el mundo se encoge con una mueca. Puede que sea injusto con ellos, porque al final de su jornada nos sanan, pero la percepción universal de esa profesión la liga con el dolor”, reflexiona. En Amalgama esos dentistas no hacen sufrir, sino que sufren. “En el cine están marcados por los prejuicios, son dibujados como torturadores. Ahí están Marathon Man, La pequeña tienda de los horrores o Cómo acabar con tu jefe, y tras investigar descubrí que eran seres humanos”, se ríe. “Es más, soportan una gran presión por su relación con los pacientes, muchas veces basada en ese dolor. Leí una estadística estadounidense que reflejaba que la profesión con más suicidios era la de dentista”.
La idea de Amalgama se le ocurrió a Cuarón en 2010, al visitar las islas idílicas del Rosario (Colombia) con el actor Manolo Cardona. “Pero ya tenía avanzada la primera versión de Besos de azúcar. Y luego he tardado porque no encontraba a los personajes. Primero incluí a un político, otro propiciador de dolor, y eso me distrajo un tiempo. No funcionaba, molestaba a la amistad de los protagonistas. Y lo aparqué. Ya volcaré mi desprecio a los políticos en otra película. Luego pensé en un reparto internacional, con producción de cuatro países distintos, y en inglés. No funcionaba. Solo fluyó cuando volví al español”, recuerda. Curiosamente, Cardona volvió a Amalgama tras una prueba, y se convirtió en productor cuando faltaba parte del presupuesto. “Manolo me explicó cómo montar una coproducción con República Dominicana”, explica Cuarón. Y sobre la tristeza que emana de su filme, el cineasta apunta: “Culpa del patetismo del ser humano y de que a veces la pantalla es un espejo”.


