En torno al siglo II – I a.C. se puso en marcha la ruta de la seda china con el objetivo de conectar el continente asiático con África y Europa y dar salida en los mercados internacionales a un producto tan valioso como la seda. Para los romanos, Oriente era el exotismo y las especias y, al mismo tiempo, el origen de todas las pestes y pandemias.
Más de 20 siglos después, China puso en marcha en 2013 la Belt and Road Iniciative (Iniciativa de la Franja y la Ruta en español) para financiar proyectos de ayuda al desarrollo en más de 140 países de todo el mundo. El plan contó desde el principio con mil millones de euros de presupuesto y fue visto con recelo por otras potencias como Estados Unidos y la Unión Europea que, ahora, casi diez años después, y con tres veces menos de dinero, está dispuesta a competir con los asiáticos.
La Comisión Europea presentó el pasado uno de diciembre la Global Gateway, una estrategia que pretende fomentar la inversión en proyectos de infraestructuras en naciones en vías de desarrollo. Este plan, que aspira a competir con China en materia de cooperación, condiciona las ayudas al respeto a las transiciones verde y digital. Su objetivo, en palabras del Alto Representante para la Política Exterior Josep Borrell, es “crear conexiones, no dependencias”.
El plan europeo pretende movilizar más de 300.000 millones de euros hasta 2027 con el objetivo de mejorar infraestructuras por todo el mundo y de hacer frente a retos globales como el cambio climático. Otros objetivos destacados son potenciar los sistemas sanitarios, mejorar la competitividad y la seguridad de las cadenas mundiales de suministro y fomentar la investigación y la educación.
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El plan europeo se va a desarrollar de acuerdo con seis principios básicos: valores democráticos, proyectos verdes, seguridad, inversión privada, relaciones entre iguales, buena gobernanza y transparencia. Es decir, la estrategia no solo persigue ayudar a los estados socios, sino fomentar los valores de la Unión Europea en ellos como condición para acceder a los fondos.
Quizás el mayor reto de esta nueva estrategia de cooperación al desarrollo es que la Unión Europea consiga hacerse más visible en los receptores. Frente a las inversiones millonarias de China en, por ejemplo, la autovía que se está construyendo en este momento en Nairobi, los países europeos han focalizado sus esfuerzos en otras cuestiones, también muy importantes, pero menos visibles, como puede ser defender la democracia o la igualdad de género.
Apostar ahora por inversiones sostenibles en grandes infraestructuras parece una vía complementaria y más adecuada para que los habitantes de los lugares menos desarrollados sean conscientes del esfuerzo que la Unión Europea hace por ayudarles.
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