Invertir en licencias de software y servidores aislados no transforma por sí solo a un hospital en una entidad digital. Esta práctica, en realidad, tiende a encarecer la burocracia analógica sin proporcionar los beneficios esperados de la digitalización. La transición hacia un Sistema Nacional de Salud más digital y eficiente requiere un análisis profundo y un enfoque holístico por parte de los hacedores de políticas públicas y directivos hospitalarios. La tecnología, sin una adecuada integración en un ecosistema diseñado para la interoperabilidad, carece de valor.
La verdadera riqueza de la digitalización reside en la liquidez y disponibilidad del dato clínico. Un hospital que opera con un expediente clínico electrónico cerrado, incapaz de comunicarse con unidades médicas de primer contacto, opera como un silo que destruye valor. La transición ordenada de la sanidad analógica a la digital exige la cimentación de políticas públicas que establezcan estándares obligatorios de interoperabilidad, permitiendo un flujo seguro y accesible de información. Esto no solo mitiga la duplicidad de estudios, sino que reduce el gasto de bolsillo del paciente y habilita el intercambio de servicios entre instituciones.
Sin embargo, la interoperabilidad tecnológica se vuelve inútil sin su contraparte financiera: la interoperabilidad transaccional. Para que el intercambio de servicios entre los distintos niveles de atención—incluyendo los sectores público y privado—sea una realidad operativa, es fundamental establecer mecanismos de compensación rigurosos. Cuando el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) puede leer un estudio de un hospital privado, es vital definir cómo, cuándo y a qué precio se realiza esta transacción.
Aquí surge la necesidad de anclar las políticas públicas en una realidad contable, definiendo tabuladores de intercambio basados en el valor justo de mercado. Estas directrices no deben depender de negociaciones coyunturales; han de estar indexadas a los Programas Nacionales de Salud (PRONAMs), que dictaminan la priorización epidemiológica del país y, por lo tanto, la asignación de recursos. Sin una actualización ágil y precisa, el riesgo de colapso en el intercambio de servicios se incrementa, pues un tabulador desactualizado puede conducir a pérdidas financieras para los proveedores de servicios o a la negativa a aceptar pacientes.
A pesar de este panorama, es importante señalar la reciente dinámica positiva en el trabajo colaborativo. Las mesas de diálogo entre el Poder Legislativo, la Secretaría de Salud y la industria tecnológica han empezado a mostrar un nivel de madurez institucional que no se observaba en la administración anterior. Reconocer que la digitalización y el intercambio de servicios no son concesiones políticas, sino herramientas de eficiencia, es un primer paso crucial.
No obstante, esta colaboración necesita avanzar más allá de meras intenciones y plasmarse en una arquitectura legal, fiscal y regulatoria robusta. El capital privado y corporativo demanda reglas claras para realizar inversiones en infraestructura interoperable y requiere la certeza de que el Estado actuará como un eficiente pagador de los servicios.
Por lo tanto, los tomadores de decisiones deben seguir una hoja de ruta bien definida:
En primer lugar, la Secretaría de Salud, junto con el Consejo de Salubridad General, debe desarrollar una fuerza de tarea técnica para acelerar la publicación y el costeo basado en actividades de los PRONAMs pendientes.
En segundo lugar, el Congreso debe legislar para hacer obligatorios los estándares de interoperabilidad de datos en todas las compras públicas de Tecnologías de la Información, evitando así sistemas propietarios cerrados.
Finalmente, la Secretaría de Hacienda necesita validar y publicar tabuladores interinstitucionales derivados de los PRONAMs, asegurando el cumplimiento de los mecanismos de compensación a través de contratos o acuerdos inteligentes.
El hospital del futuro en México no será determinado solo por la presencia de tecnología, sino por su capacidad para operar de manera eficiente, estableciendo algoritmos que permitan facturar, transferir y compensar casos clínicos entre instituciones en tiempo real, con transparencia total y bajo tabuladores claros. Para evitar caer en una “obsolescencia interconectada”, es imperativo que se sistematicen tanto la interoperabilidad clínica como la financiera.
En conclusión, la digitalización del Sistema Nacional de Salud debe ir mucho más allá de la simple implementación de herramientas tecnológicas; necesita un diseño integral que potencie la sistematización de los servicios de salud. La relevancia de este enfoque se manifiesta en su capacidad para transformar la experiencia del paciente y optimizar los recursos en un sector que, sin duda, es un pilar fundamental para el bienestar de la sociedad.
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