“Cuando no puedes ganar, tienes que intentar no perder”, se lamentaba José María Giménez, derrumbado tras autoinculparse del cabezazo de Messias que dejó al Atlético al borde de la eliminación de la Champions. El Atlético necesita ganar en Oporto, que el Milan no lo haga con el Liverpool en San Siro, o si el equipo de Pioli vence, la victoria deberá ser por un gol de diferencia más de lo que lo haga el conjunto italiano. El empate no le vale en ningún caso a los rojiblancos.
La sentencia de Giménez
Reflejó el plan de Diego Pablo Simeone ante el Milan que abocó a los rojiblancos a una dolorosa derrota. Jugar a no perder no le supuso rédito alguno al preparador rojiblanco. Ni siquiera esta vez le dio para activar a la grada, que hizo caso omiso de las demandas del entrenador cuando, viendo el sufrimiento del equipo, trató de ejecutar uno de sus números de coreógrafo emocional.
La hinchada se desesperó por la pérdida continuada de balones de sus futbolistas y por la falta de ambición que detectó en el libreto de Simeone y en sus posteriores cambios. En el club también hay directivos que muestran su desencanto con la imagen reservona que transmitió el equipo. Obviamente, no se cuestiona a Simeone, pero la incomprensión por la propuesta del entrenador en un partido en el que ganar era fundamental es latente.
Este tipo de planteamientos empieza a resultar anacrónico para un plantel donde abunda más el talento ofensivo que el defensivo. Refugiarse en la defensa de los espacios en campo propio ya pudo costarle el título de Liga la temporada pasada cuando, ante una crisis de resultados, Simeone ordenó un paso atrás bajo su eterno mantra de que “el equipo crece desde atrás”. Solo cuando el Atlético volvió a jugar en campo contrario, como hizo en la primera vuelta en la que sumó 50 puntos, enderezó el rumbo en el tramo final para alzarse con el título liguero.
El repliegue ante el Milan
Fue descarado desde los primeros minutos. No deja de ser curioso que los últimos tropiezos del Atlético en Europa hayan coincidido con planteamientos conservadores del preparador argentino. La remontada en 2018 de la Juventus tras viajar los rojiblancos a Turín con una ventaja de 2-0, la eliminación a manos del Leipzig en los cuartos de final de Lisboa, el repaso del Chelsea en los dos partidos de octavos de la temporada pasada y el traspié del miércoles con el Milan tuvieron un denominador común. En estas cuatro ocasiones, el Atlético estuvo más pendiente de defender que de atacar, del marcador que del juego.
Europa ha retratado al Simeone más arcaico y conservador en las últimas grandes citas. “Nos han estudiado muy bien. Habíamos preparado una cosa y no ha salido bien; en el descanso hemos intentado arreglarlo, pero en los últimos 20 minutos nos hemos precipitado, no hemos ganado duelos y nos ha costado mucho”, analizaba apesadumbrado Antoine Griezmann.
Tampoco es baladí relacionar que los padecimientos del Atlético en esta fase de grupos responden a las características de juego de sus tres rivales. El Liverpool, el Milan y el Oporto presionan en zonas altas y esto incomoda sobremanera al Atlético. Este es uno de los grandes defectos de la era Simeone, que no ha acabado de dotar al equipo de mecanismos sólidos para resolver partidos en los que el adversario le aprieta la salida del balón.
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