En las profundidades de la prisión de máxima seguridad ADX Florence, en Colorado, el narcotraficante mexicano Joaquín “El Chapo” Guzmán ha demostrado que, a pesar de las más estrictas restricciones, su influencia en el mundo del crimen persiste. Desde su condena a cadena perpetua en 2019, Guzmán ha utilizado las visitas de sus abogados como un canal para enviar mensajes secretos a sus hijos, quienes son considerados herederos de su imperio criminal en el Cartel de Sinaloa. A través de un emisario no identificado, el capo logró intercambiar comunicaciones con sus hijos, que abarcan desde amenazas a informantes del gobierno hasta actos relacionados con el lavado de dinero.
Un informe del Buró de Prisiones de Estados Unidos (BOP), al que se ha tenido acceso recientemente, revela que se descubrió este esquema de mensajería clandestina, en el que sus hijos Iván Archivaldo, Jesús Alfredo, Ovidio, Joaquín y Rosa Alitzel Guzmán, así como otros miembros de su familia, participaban activamente. Las investigaciones indican que Guzmán y sus allegados conspiraron para eludir las normas de monitoreo que rigen a prisioneros bajo las condiciones de seguridad más severas, conocidas como SAM (Special Administrative Measures).
La notoriedad de “Los Chapitos”, una facción liderada por los hijos de Guzmán, ha escalado en los últimos años, convirtiéndose en un nuevo centro de poder dentro del cartel. Desde 2024, están inmersos en una violenta guerra contra “La Mayiza”, la facción rival bajo el liderazgo de Ismael Zambada Sicairos, alias “Mayito Flaco”. La rivalidad ha llevado a episodios sangrientos, aumentando la tensión en Sinaloa, donde las relaciones con las autoridades han sido cuestionadas. Informes recientes indican que Los Chapitos habían controlado incluso a altos funcionarios, incluyendo al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya.
La situación se tornó aún más compleja en julio de 2025, cuando Joaquín Guzmán López, uno de los hijos de El Chapo, secuestró a su padrino, Ismael “El Mayo” Zambada, solo para entregarlo a las autoridades estadounidenses. Este evento provocó un cambio drástico en la dinámica del cartel, acentuando las luchas internas.
Las quejas de Guzmán sobre su confinamiento son constantes. En sus cartas, denuncia un “trato cruel e inhumano”, que ha llevado a una serie de solicitudes de que se le permita un trato más justo y hasta una extradición a México. Sin embargo, estas peticiones han sido desestimadas, y las regulaciones de la ADX Florence han dificultado sus comunicaciones, que son revisadas meticulosamente por las autoridades.
Mientras que el BOP sigue de cerca sus movimientos, las alertas sobre la posibilidad de que Guzmán utilice sus mensajes para obstruir las investigaciones son elevadas. Aunque no se han señalado a sus abogados por estos ilícitos, la presión sobre su familia y la red criminal que, a pesar de la prisión, sigue operando, es considerable.
En conclusión, El Chapo continúa siendo un actor relevante en el mundo del narcotráfico, incluso tras las rejas. Los ecos de su legado resuenan a través de sus hijos, cuyas acciones están reconfigurando el poder en el crimen organizado, generando una nueva era de rivalidad y violencia en el contexto del narcotráfico mexicano.
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