Wuhan, diciembre de 2019. En la ciudad donde todo comenzó, dos reporteros de un medio estatal comenzaron a investigar informes sobre un brote de una extraña neumonía que resonaba con los recuerdos del SARS. Su búsqueda los llevó a un mercado de mariscos y animales salvajes, donde identificaron lo que consideraban la primera víctima mortal: un vendedor llamado Chen Faxing. Sin embargo, su historia no llegó a ver la luz pública, ya que chocaba con la narrativa oficial que negaba cualquier brote fuera de control en Wuhan.
Pekín, abril de 2023. Un devastador incendio en el Hospital Changfeng resultó en la muerte de 29 personas. Mientras imágenes de pacientes escapando por las ventanas circulaban en redes sociales, los medios estatales guardaron silencio. Los censores eliminaron rápidamente cualquier rastro digital del suceso, y durante ocho horas, no hubo cobertura. Cuando finalmente se permitió informar, algunos familiares se enteraron de las muertes de sus seres queridos solo a través de reportes. La indignación que emergió en internet duró poco; también fue borrada.
Pekín, marzo de 2026. En una plataforma bloqueada en China, surgieron vídeos de un mercado en Fangshan, al suroeste de la capital, tras un incidente en el que un hombre embistió varios puestos con un tractor. Los medios locales no informaron. Horas más tarde, reporteros extranjeros llegaron al lugar, solo para encontrarlo acordonado y rodeado de policías que no ofrecieron explicaciones. Voluntarios con brazaletes del Partido Comunista impidieron que los periodistas hablaran con los vecinos. La verdad del suceso jamás fue revelada.
A medida que las tensiones aumentan, las autoridades chinas comenzaron a revocar visados a corresponsales internacionales. Una periodista, que cubría una noticia en otro país asiático, se enteró de que su visado había sido anulado al intentar regresar, sin siquiera poder recoger sus pertenencias. Otro periodista extranjero fue detenido por tomar fotografías de lo que se supuso era una base militar mientras estaba de vacaciones. Tras horas de retención, fue liberado, pero sus fotos fueron borradas.
El Club de Corresponsales Extranjeros de China (FCCC) denuncia esta serie de ataques selectivos a la libertad de prensa, subrayando un patrón creciente de intimidación hacia periodistas y sus fuentes, así como restricciones al acceso a actos oficiales. Esta situación no es nueva, ya que el FCCC ha documentado durante años los obstáculos y presiones que enfrentan los medios.
El propio FCCC llamó a los corresponsales a visibilizar estos episodios, recordando que, en términos de libertad de prensa, China ocupa una preocupante posición: el puesto 178 de 180 en el índice anual de Reporteros Sin Fronteras.
Una ‘arquitectura’ densa y opaca. En China, el Partido Comunista no ve a los medios como un contrapoder, sino como una extensión de su gobierno. El control sobre la prensa se ejerce a través de un sistema intrincado y poco transparente. En el corazón de este sistema está el Departamento de Propaganda, que actúa silenciosamente como editor. A través de mensajes sutiles o llamadas, se dictan los temas de portada y el lenguaje a utilizar.
La Administración del Ciberespacio supervisa Internet, convirtiéndolo en un terreno altamente vigilado. Plataformas como Weibo y WeChat utilizan moderadores y algoritmos que eliminan publicaciones en cuestión de segundos si contienen lenguaje sensible. Cuentas nacionalistas amplifican la narrativa oficial, creando una apariencia de consenso social.
El control también se refleja en la estructura empresarial de los medios. Las principales cabeceras de prensa, televisiones y portales digitales son de propiedad estatal o están bajo la supervisión del Partido. Este ambiente genera una autocensura generalizada entre los periodistas, quienes saben que desviarse de la línea oficial podría costarles su empleo.
Para los corresponsales extranjeros, muchos de los cuales tienen bloqueadas sus páginas web en China, lecciones duras son la norma. Viajar a regiones sensibles como Xinjiang o el Tíbet significa enfrentar seguimientos constantes y vigilancia policial, y entrevistar a fuentes críticas puede poner en riesgo a esos mismos entrevistados.
A pesar del estricto control interno, China ha ampliado su alcance global mediante sus medios estatales, ofreciendo ediciones en varios idiomas y formando alianzas con medios locales en países como España. Esto facilita la inserción de contenido que presenta una imagen positiva del país, celebrando sus avances tecnológicos.
Además, las frecuentes invitaciones a periodistas extranjeros para participar en viajes organizados destacan la versión cuidadosamente seleccionada de la realidad china, contrastando con la férrea opresión en el país y el relato atractivo que se presenta en el extranjero.
Actualización: A partir de junio de 2026, se reportan nuevas restricciones y un aumento en la represión de la libertad de prensa en China, donde se intensifican las tácticas de censura y control.
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