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En la década de 1950, el programa nuclear de China dio sus primeros pasos, impulsado por la intensa competencia de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Este contexto llevó a Mao Zedong, líder del Partido Comunista de China, a buscar la asistencia de la URSS para desarrollar su propio plan nuclear. En 1955, esta cooperación resultó en la construcción de la primera planta dedicada a la producción de uranio-235 y plutonio, además de la fundación de la Corporación Nacional Nuclear de China (CNNC).
Sin embargo, cuatro años después, la URSS interrumpió su colaboración, lo que obligó a China a lanzarse a una desafiante búsqueda de autosuficiencia en energía nuclear. Este camino fue lento y arduo durante las tres décadas siguientes, y no fue hasta el 15 de diciembre de 1991 que la primera planta nuclear completamente china, Qinshan, se conectó a la red eléctrica.
Para 2002, China todavía no podía competir con la avanzada tecnología nuclear de Estados Unidos y la entonces existente URSS, contando únicamente con dos centrales nucleares en operación. Sin embrago, el panorama ha cambiado drásticamente; actualmente, China opera 58 reactores nucleares, cifra que solo es superada por los 94 reactores activos en Estados Unidos. En las últimas dos décadas, el programa nuclear civil y militar de China ha mostrado una evolución vertiginosa, posicionándose a la vanguardia de la tecnología nuclear, especialmente con su reciente avance en reactores de sales fundidas y torio.
El reactor TMSR-LF1, que entró en operación oficial el 11 de octubre de 2023, representa una innovación significativa en este campo. Aunque no es el primer reactor de cuarta generación ni el primero que utiliza torio, se distingue por ser el primero en operar con sales fundidas. Localizado en el complejo industrial de Minqin, en la provincia de Gansu, este reactor posee una potencia de 2 megavatios térmicos. A partir de octubre de 2022, se detectó la presencia de protactinio-233 en el proceso de transformación del torio.
La ambición de China no se detiene ahí; ya se planea construir un reactor de mayor capacidad para 2030, en un momento crítico en el que varios países, como Estados Unidos y la India, están invirtiendo en tecnologías nucleares basadas en torio. Esta dirección estratégica es especialmente relevante dado que el torio es tres veces más abundante que el uranio, lo que ofrece una vía potencialmente más sostenible para el futuro energético.
Uno de los beneficios clave del torio es su facilidad de extracción, aunque requiere un reactor especial para su conversión a uranio-233, que es fisible. Los reactores de sales fundidas no solo son considerados más seguros, gracias a sus bajos niveles de presión y su diseño que minimiza el riesgo de fusión del núcleo, sino que también pueden operarse sin agua para el refrigerante. Esto permite su instalación en regiones áridas donde el acceso al agua es limitado.
La gestión ambiental es otra ventaja importante, dado que los residuos radiactivos generados por estos reactores tienen un periodo de semidesintegración mucho más corto que los de los reactores convencionales de uranio, facilitando su manejo. Además, la eficiencia del torio en estos reactores permite un mejor aprovechamiento del combustible, lo que al final puede significar una reducción en el uso de recursos.
A medida que el enfoque global hacia la energía nuclear sigue evolucionando, el papel de China dentro de este sector sigue creciendo, con innovaciones que podrían definir el futuro de la energía nuclear a nivel mundial.
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