Quibdó, Chocó. El 10 de agosto de 2026, un devastador terremoto de 7.4 grados arrasó con la vida cotidiana de muchos, incluido el hogar de Luz Yaciris Córdoba. Apenas dos minutos después de levantarse de la cama, su vivienda quedó hecha escombros. La tragedia dejó a más de 19,000 personas damnificadas y 93,000 afectadas en Chocó, una región históricamente marginada en el oeste de Colombia. Luz, de 32 años, se encontró sin hogar y regresó a la casa materna, pero su deseo de no dejarse vencer por la crisis la llevó a inscribirse como trabajadora social voluntaria en la alcaldía local.
En su nueva labor, Luz y otros jóvenes profesionales recorren las calles de Quibdó, registrando la magnitud de los daños provocados por el sismo. Acompañada de Deimer Rivas, un arquitecto de 27 años, y José Diego Moreno, estudiante de Ingeniería Civil, evalúan diversas viviendas. A pesar de que algunos inmuebles parecen habitables, muchos llevan consigo la incertidumbre de un futuro inseguro. “¿A dónde van a ir estas personas?”, se pregunta Deimer, enfrentándose a la dura realidad de que muchos no se atreverán a abandonar sus hogares por miedo a lo desconocido.
La situación es aún más delicada en sectores donde la comunidad muestra una resistencia admirable. Mientras voluntarios como Luz y su equipo hacen un inventario de los daños, los residentes ofrecen la hospitalidad que les queda, compartiendo lo poco que tienen en un acto de solidaridad palpable. En el sector de los Puentes, Luz Mudelina Herrera, de 54 años, enfrenta la pérdida de su hogar, construido con sacrificio para su hijo y nietos. Aunque sabe que su casa está condenada, su mayor temor es que el colapso afecte a sus vecinos.
Un grupo de arquitectos, incluido Leída Valencia, se encuentra en el lugar para evaluar la seguridad de las viviendas. La inclinación de ciertas estructuras podría representar un peligro para los hogares colindantes. Con el registro de más de 26,000 viviendas afectadas, la administración pública enfrenta el desafío de gestionar este desastre, mientras la comunidad continúa luchando por su recuperación.
“Ahora todos tenemos que ayudar”, sentencia Valencia, mientras dirige a un grupo de voluntarios. La situación es crítica, pero el espíritu comunitario brilla con fuerza. Desde los escombros, la gente se organiza para cocinar en ollas comunitarias, ofreciendo alimento y apoyo a quienes más lo necesitan. En esta hora de crisis, los lazos entre los vecinos se fortalecen, y la humanidad resplandece en medio del caos.
Incluso en medio de la desazón, figuras como Sixto Córdoba, un hombre que ha visto su hogar reducido a polvo, abrazan una filosofía de resiliencia: “Hay que enfrentarse a lo que venga”. A pesar de sus pérdidas, la comunidad muestra una determinación notable para reconstruirse entre los restos del desastre. El camino por delante está lleno de desafíos, pero la voluntad colectiva de salir adelante brilla intensamente en el corazón de Quibdó.
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