Brasil, Guyana y Argentina están a punto de hacerse notar en el panorama energético mundial en un 2026 marcado por disruptivas tensiones globales, particularmente la guerra en Medio Oriente, que ha desencadenado un cierre prolongado del estratégico Estrecho de Ormuz. Este estrecho, por el que transitaba aproximadamente un cuarto del comercio marítimo de petróleo y 20% del gas natural licuado, ha estado bloqueado por más de 100 días desde que Irán decidió restringir el paso en respuesta a operaciones militares por parte de Estados Unidos e Israel.
La situación actual en dicho estrecho ha causado una notoria agitación en los mercados de energía, con el petróleo Brent experimentando un incremento del 30% desde que comenzó el conflicto, alcanzando precios superiores a los 120 dólares por barril. Por su parte, el West Texas Intermediate (WTI) también ha visto un aumento significativo, superior al 36%. Amin Nasser, director ejecutivo de Saudi Aramco, ha indicado que si el cierre del estrecho persiste más allá de mediados de junio, se espera que la normalización del mercado petrolero lleve hasta 2027.
En este contexto, Brasil, Guyana y Argentina se posicionan como actores cruciales, a pesar de que actualmente representan solo el 5.5% de la producción global de petróleo. Se prevé que, en el transcurso de 2026, estos países aporten más de la mitad de los nuevos barriles que entrarán en el mercado, según la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA). Con una proyección de 800,000 barriles diarios de crecimiento en el mercado, Brasil, Guyana y Argentina están proyectados para sumar conjuntamente 410,000 barriles diarios.
Brasil liderará este impulso, con expectativas de alcanzar bloques de producción de alrededor de 4 millones de barriles diarios, gracias a la activación de nuevas plataformas en el complejo Búzios, operado por Petrobras. Sin embargo, el verdadero desafío para Brasil radica no en encontrar nuevos recursos, sino en transformar su capacidad instalada en producción sostenida, lo que dependerá de la eficacia en la ejecución y el mantenimiento de sus operaciones.
Guyana, en tanto, vive un fenómeno sin precedentes en la industria, multiplicando su producción hasta por diez entre 2020 y 2025, en gran medida debido al bloque Stabroek de ExxonMobil. Para 2026, se prevé que el desarrollo del campo Uaru sume otros 250,000 barriles diarios, aunque esta dependencia de un número limitado de plataformas puede representar un riesgo operativo.
Por su parte, Argentina ha evidenciado el potencial de su yacimiento Vaca Muerta, superando en abril de 2026 la producción diaria de 891,704 barriles, el nivel más alto en más de un siglo. La contribución esperada de Argentina al crecimiento mundial es de alrededor de 70,000 barriles diarios, aunque su futuro dependerá más de la infraestructura para conectar la cuenca de Neuquén con los mercados internacionales.
No obstante, los tres países latinoamericanos comparten un riesgo crítico: sus proyecciones de crecimiento están íntimamente ligadas a un conjunto restringido de activos estratégicos, haciendo que el desempeño operativo sea del todo incierto. El riesgo es, en esencia, físico y no financiero. Brasil necesitará mantener altos niveles de disponibilidad operativa, Guyana confiar en la fiabilidad de sus plataformas marítimas, y Argentina deberá mejorar su capacidad de transporte y exportación.
A medida que el Estrecho de Ormuz se mantiene cerrado, la capacidad de estos tres países para introducir nuevos barriles en el mercado del Atlántico sur se vuelve un salvavidas estratégico para el sistema energético global. En un momento donde las tensiones en el Medio Oriente alteran el flujo de petróleo, el papel de Brasil, Guyana y Argentina se vuelve más relevante, consolidándose como una fuente esencial de suministro en un escenario incierto.
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