#Box | Durante la noche, Abbie Leebody, una protestante norirlandesa, y Niamh Campbell, una católica, se enfrentan en una pelea de boxeo en un gimnasio llamado City of Belfast Boxing Academy.
A pesar de que estos dos grupos religiosos han estado históricamente enfrentados en la región británica, esta pelea no es una pelea intercomunitaria, sino más bien una oportunidad para que los jóvenes de ambas comunidades aprendan y se desarrollen juntos en el deporte del boxeo.
La academia, fundada en 2011, tiene como objetivo unir a las comunidades y producir algunos de los mejores boxeadores en Irlanda del Norte. Campbell, entrenadora y boxeadora, explica que las diferencias religiosas o comunitarias no son importantes en el gimnasio.
“Tengo que hacerle sangrar la nariz de vez en cuando para recordarle que debe mantener la guardia alta”, dijo a la agencia AFP.
“No vas pensando: ‘oh, voy a pegarle a la protestante’ (…) realmente no piensas de esa manera”, agrega.
Pero 25 años después del Acuerdo del Viernes Santo, que puso fin a tres décadas de violencia entre católicos partidarios de la unificación con la vecina República de Irlanda y protestantes defensores de la pertenencia a la corona británica, las comunidades que viven en torno a este gimnasio siguen definidas por las viejas divisiones.
El club de boxeo se encuentra directamente en la línea divisoria entre Short Strand, un enclave republicano proirlandés, y las comunidades unionistas probritánicas del este de Belfast que lo rodean.
Una valla metálica de 7.6 metros coronada por una cámara de seguridad recorre la parte trasera del club para delimitar la línea que divide a las dos comunidades.
Puñetazos y no bombas
En Belfast hay unos 13 km de muros divisorios, erigidos a lo largo del conflicto de Irlanda del Norte, desde finales de los años 1960.
Los límites de Short Strand se convirtieron en un foco de violencia y tiroteos entre paramilitares unionistas y republicanos al principio del conflicto.
En los años posteriores al acuerdo de paz del Viernes Santo, sobre todo en 2002 y 2011, se produjeron disturbios caracterizados por cócteles molotov y tiroteos paramilitares en la interfaz entre comunidades.
A la academia de boxeo, situada en una antigua escuela primaria protestante, sólo se puede acceder desde el lado unionista a través de una pesada verja rematada con pinchos.
Las ventanas están protegidas por rejas y sobre la puerta principal hay una concertina de alambre de espino.
Abbie, que reside en un complejo de viviendas sociales unionista cercano al gimnasio, se desentiende de las divisiones.
“Si son católicos o protestantes, es lo que son”, dice. “Pero, obviamente, me gustan los católicos y los protestantes por igual”.
Stephen Clarke, más conocido entre los boxeadores como “Chips”, es del otro lado del muro y puede ver la casa de su madre en Short Strand desde el club.
Este hombre de 45 años explica que, con la abrumadora mayoría de alumnos escolarizados en escuelas segregadas y la escasa interacción de los lugareños a través de la línea divisoria, el club “reúne a los niños”.
“Ahora hay unos 10 niños allí y no sabría decirte de dónde son, porque no hacemos esa pregunta”, explica.
“Todo lo que les preguntamos tiene que ver con el boxeo. No se trata de dónde eres, de tu religión o de tu tribu, como quieras llamarlo”, agrega.
“En lugar de lanzarnos cócteles molotov, podríamos boxear unos con otros”, afirma.
Lee Costello, otro de los entrenadores del club, asegura que este permite a los boxeadores “formar parte de una comunidad por derecho propio, en lugar de algo de lo que te dicen que formes parte”.
“Tanto si te pegan un zurdazo con una mano católica como con una protestante, duelen igual”, bromea este joven de 28 años.
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