En un mundo donde la comunicación política se ha transformado radicalmente, el uso de videos como herramienta de propaganda ha alcanzado nuevas dimensiones. Líderes como Nayib Bukele de El Salvador y Donald Trump de Estados Unidos han perfeccionado el arte de utilizar la humillación como táctica para conectar con sus seguidores y delinear sus narrativas.
Ambos líderes emplean la bohemia del video para transmitir mensajes que, aunque en ocasiones pueden parecer divertidos o inofensivos, en realidad pueden tener repercusiones profundas en la percepción pública y el discurso político. La estrategia es clara: generar una conexión emocional con el público mediante la descalificación de oponentes o adversarios a través de imágenes y palabras que buscan provocar una risa o un sentimiento de superioridad. Este enfoque no solo permite al líder mostrarse como una figura carismática y accesible, sino que también refuerza la lealtad de quienes se sienten identificados con su manera de comunicarse.
Por ejemplo, en múltiples ocasiones, Bukele ha utilizado plataformas como Twitter para compartir videos donde se mofan de decisiones o declaraciones de sus críticos, a menudo con un tono burlón. Este estilo de comunicación no solo capta la atención inmediata, sino que también alimenta un ciclo de retroalimentación positiva entre sus seguidores, quienes comparten y comentan el contenido, amplificando su alcance. La viralidad de estos clips puede ser vista como una forma de propaganda que, más allá de informar, busca formar una imagen casi mítica del líder ante la opinión pública.
Trump, por su parte, no ha sido ajeno a esta práctica. A lo largo de su carrera política, ha utilizado medios digitales para difundir mensajes que resaltan momentos de debilidad de sus oponentes. Las confrontaciones hiladas en videos, así como los memes que se han generado a partir de sus intervenciones públicas, han sido gran parte de su estrategia. Estos recursos visuales hacen más persuasivos los discursos, elevando el impacto de sus afirmaciones y consolidando su base de apoyo.
La manipulación de la narrativa a través de la humillación no es exclusiva de estos dos líderes. Es un fenómeno que ha proliferado en diversas partes del mundo, resultado del auge de las redes sociales, donde el formato de video se vuelve un vehículo ideal para la difusión rápida y efectiva de mensajes. Este tipo de comunicación plantea, sin embargo, interrogantes sobre la ética y la responsabilidad que conllevan la política moderna y el asesoramiento en imagen pública.
A medida que la política continúa encontrando su rumbo en esta era digital, la forma en que los líderes utilizan tácticas como la humillación puede influir en la manera en que las sociedades se relacionan con la información. La conexión emocional que estos videos propician podría ser fundamental para entender por qué ciertos líderes logran captar la atención y el fervor del electorado, transformando la información en un espectáculo que va más allá de la mera política. La búsqueda de un discurso que resuene en el público, utilizando para ello elementos del humor y la burla, podría verse como un reflejo de una estrategia calculada que busca transformar la política en un juego de poder mediático.
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